5 de junio de 2026 22:13


Editor: Armando Robles

Escena caótica tras el atentado del 11M en Madrid, personas ayudando a heridos.
La devastación del 11M marcó un antes y un después en la política española.

Crisis sociopolítica en España

El dilema crítico de la crisis en España

Gabriel Albiac aborda en su artículo el momento crítico que cambió el rumbo de España, trazando un paralelismo con la obra de Vargas Llosa. Señala que la traición política y la complicidad con criminales han llevado al país a una situación desoladora, destacando el impacto negativo del liderazgo de Rodríguez Zapatero tras el 11M y sus consecuencias en la política española.

Gabriel Albiac. Todo lector de Vargas Llosa recuerda aquel comienzo impactante de su obra Conversación en la Catedral; cuando el narrador observa «sin amor» el caos que le rodea, describiendo la Avenida de Tampa con «automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris». En ese contexto, surge la inquietante pregunta de la novela: «¿En qué momento se había jodido el Perú?» Una pregunta que regresa sin respuesta y que, al igual que el caos descrito, se despliega como una inquietante página en blanco.

No hay página en blanco para el español contemporáneo que, ante la alarmante situación de la delincuencia en el consejo de ministros, se atreva –porque es necesario y doloroso– a formular para su país esa misma cuestión: «¿En qué momento se jodió España?» Todos conocemos la respuesta, que es tan desoladora como evidente. Fue en el instante en que un presidente del gobierno decidió aliarse con los responsables de la mayor matanza de nuestra historia reciente. Y encontró el escalofriante apoyo mayoritario de los españoles. No, no fue el 11 de marzo de 2004 quien jodió España. Fue el pusilánime presidente que se rindió ante los autores del crimen y aceptó, de inmediato, todas sus condiciones.

Un giro en la política española

Pronto, este presidente culminaría su compromiso, huyendo de Iraq y negociando con los ayatolás iraníes lo que él llamó una «Alianza de Civilizaciones». En países menos condescendientes –y más serios–, Rodríguez Zapatero podría haber enfrentado un juicio por alta traición. Aquí, nos conformaremos con que sea juzgado por «falsedad documental, blanqueo de capitales y organización criminal». En otras palabras: por chorizo. Sin embargo, no parece que deba preocuparse demasiado. Siempre contará con Pumpido. Como todos.

Hasta ese 2004, es cierto que en el socialismo español hubo individuos malvados. Pero, incluso los peores, eran criminales políticos: como los torturadores y asesinos del GAL. Con Zapatero, se abrió un nuevo horizonte. Rotos todos los límites morales, la infamia del 11M introdujo en la política española la tentación del gansterismo. En esta barbarie es en la que actualmente vivimos. Una vez que su gestión en el gobierno concluyó en una quiebra nacional y él fuera despedido, Zapatero decidió hacer negocios a gran escala. En términos financieros, buscó a aquellos que eran como él.

Una herencia complicada

Transformó al PSOE que heredó en una ciénaga donde malamente intentaron sobrevivir los pocos que aún no habían comprendido que «socialista» en español equivale a «comisionista de altos vuelos». Tan altos como los vuelos de Plus Ultra. Al final, solo un líder que carece de criterios morales como Pedro Sánchez podría aprovechar la herencia del alquimista que logró convertir la retórica angelical en dinero oscuro.

Lamento sinceramente que Zapatero vaya a la cárcel –si Pumpido no lo impide– por algo tan poco épico como llevarse comisiones a montones, en negro y en una banda organizada. Preferiría que enfrentara las consecuencias de la traición que siguió a un 11M cuyos cientos de muertos siempre pesarán sobre el alma de este país. España se jodió en la fría mañana de 2004 cuando estallaron los trenes. Y, en medio del humo, apareció Zapatero.

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