El deterioro de España no es un fenómeno repentino. Las naciones no se desvanecen súbitamente entre explosiones o humo. La descomposición es un proceso lento que se inicia cuando los que están en el poder dejan de trabajar para el bien del país y comienzan a beneficiarse a sí mismos. Esto es lo que sienten millones de españoles en la actualidad.
La sensación de abandono por parte del gobierno, el deterioro moral de la sociedad y el uso del Estado con fines partidistas ha alcanzado niveles intolerables. El Gobierno ya no presenta un proyecto nacional que una, sino una estrategia de mera supervivencia política basada en constantes concesiones a quienes nunca han disimulado su desprecio hacia España.
La situación actual
Es complicado encontrar un caso similar en Europa. ¿Existe algún país donde el gobierno dependa del apoyo de separatistas cuyo objetivo es fragmentar la nación y deslegitimar las instituciones? Lejos de frenar esta tendencia, el propio poder la alimenta cada vez más.
La igualdad entre los españoles ha dejado de ser un principio fundamental para transformarse en una moneda de cambio en el parlamento. Todo parece valer para seguir en el poder: amnistías, privilegios a ciertas autonomías, políticas impensables hace unos años.
Los ataques a jueces, periodistas críticos y cuerpos de seguridad se han convertido en una tendencia habitual.
La vida cotidiana
<pMientras tanto, el ciudadano común observa cómo se deteriora su vida diaria sin que nadie parezca dispuesto a protegerlo.
España se ha vuelto un país hostil para quienes trabajan y sostienen económicamente a la sociedad. Los autónomos sufren asfixia, los empresarios son tratados con desconfianza, y los agricultores y ganaderos, arruinados, se ven obligados a alquilar espacios para ser cubiertos de paneles de metal y plástico.
En lugar de facilitar la creación de riqueza, se castiga a quienes arriesgan su patrimonio y generan empleo. El mensaje político es claro: el éxito empresarial despierta más recelo que admiración.
Crecimiento de la burocracia
El aparato político sigue creciendo como una máquina insaciable, con más gastos, más estructura, más asesores y más propaganda, mientras que la nación, la autoridad y la libertad se ven reducidas, porque casi todo está prohibido.
Quizá el daño más profundo sea la destrucción del espíritu de reconciliación nacional que permitió a España superar la Guerra Civil y construir la Transición. Es importante recordar que la violencia y el odio no comenzaron el 18 de julio de 1936; España había estado sumida en el sectarismo, la persecución y la violencia política mucho antes.
Sin embargo, durante la Transición, España llevó a cabo un acto extraordinario: el perdón colectivo. No se trató de olvidar ni negar, sino de perdonar.
Memoria histórica
Las personas que tenían razones personales para el odio eligieron construir una democracia junto a antiguos adversarios porque comprendieron que España necesitaba concordia, no venganza.
Aquella generación mostró más altura moral que muchos líderes actuales al cerrar heridas y renunciar al odio. En contraste, hoy algunos han convertido la memoria histórica en una industria ideológica que divide nuevamente a los españoles entre buenos y malos, manipulando el pasado para mantener un conflicto permanente.
Es preocupante que cada vez más españoles sientan que el deterioro institucional no tiene freno. El Parlamento está en decadencia, la separación de poderes es cuestionada, y la presión sobre jueces y medios críticos es insoportable.
El futuro de España
Todo esto ocurre mientras el poder se presenta como el salvador de una democracia que, en realidad, contribuye a debilitar.
La historia demuestra que los países no solo caen por crisis económicas, sino también cuando se pierde el respeto a la verdad, la ley y a la nación que da sentido a la convivencia.
España empieza a parecerse a un país donde el poder ya no busca unir, sino dividir; ya no busca gobernar, sino resistir; ya no busca servir al interés nacional, sino perpetuarse. Aunque los españoles callan, el malestar se incrementa.
Reflexión final
Porque no es odio lo que siente gran parte de la sociedad, sino cansancio ante tanta manipulación y mentira. Cansancio de aquellos que utilizan España mientras la debilitan.
Quizá el mayor peligro sea olvidar una lección fundamental de la historia: ningún poder es eterno, pero el daño a una nación puede tardar generaciones en repararse.







