Santo Padre; autoridades, queridos amigos y amigas: Hay encuentros que no se miden solo en el tiempo sino en su significado.
Su presencia hoy en Madrid, Santo Padre, no es solo una visita. Es un gesto. Un gesto de escucha, de cercanía, de diálogo con la sociedad civil. Y ese diálogo, a veces, conviene reforzarlo usando un lenguaje común. Ese lenguaje, en muchas ocasiones, ha sido el arte.
La relación entre la Iglesia Católica y el arte no ha sido solo fructífera: ha sido determinante.
Durante siglos, la Iglesia no sólo ha acompañado a los artistas… los ha convocado, les ha planteado retos y preguntas esenciales, les ha ofrecido espacios, les ha dado propósitos. Y casi podríamos decir que la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad. Hablamos en términos de cantidad, pero también de calidad y de profundidad.
En el corazón de ese impulso creativo hay alguien que atraviesa los siglos, los estilos y las culturas, y que con total seguridad ha sido la figura más representada en la historia del arte: se trata de Jesucristo. El gran protagonista de la película de la vida.
Desde los primeros signos en las catacumbas hasta las grandes catedrales; desde el románico hasta el gótico; desde la serenidad del Renacimiento hasta la intensidad del Barroco… la figura de Cristo ha sido una presencia constante. No como una imagen repetida, sino como un icono de amor, paz y sacrificio rodeado de un misterio inagotable. Cada época lo ha mirado de forma distinta.
Cada artista ha intentado responder, a su manera, a las preguntas que de él emanan. Y en ese intento encontramos nombres que han marcado nuestra historia: Leonardo da Vinci, Miguel Angel, Rafael, Johann Sebastian Bach, Mozart, Verdi. Todos ellos y muchos más encontraron en la armonía artística una forma de verdad espiritual.
Pero, Santo Padre, estamos en España y no puedo dejar de lado la aportación al arte eclesiástico de nombres entre los que destaco a Zurbarán, Murillo, El Greco, Velázquez, Goya, Tomás Luis de Victoria, Lope de Vega, Quevedo, Miguel Delibes, Carmen Laforet, Dalí o el hombre que hizo arte de una de las obras más impresionantes de la arquitectura modernista ligada a la idea elevada de lo divino, la Sagrada Familia de Antonio Gaudí. Obra que entiendo va a ser objeto de su visita dentro de unos días en Barcelona.
Pero también, y de forma natural, ese diálogo puede tomar la calle.
Las celebraciones de la Semana Santa en España, en mi querida Málaga, son unas manifestaciones populares que unen lo artístico y lo religioso en un ritual majestuoso de arte y fe, de raíces y devoción.
Un poliedro multicolor de elegante belleza donde el creyente encuentra a Dios en la escultura, en los bordados, en la música, en la poesía, en la emoción colectiva, o en el silencio ensordecedor de un eco que queda flotando en el aire que cada primavera, cada año convierte la ciudad en un espacio donde lo artístico y lo espiritual se funden.
Pero el arte no es sólo belleza. El arte es pregunta. Es reflexión. Es contraste. Es tensión entre lo que sabemos y lo que intuimos
El arte ha sido —y debe seguir siendo— el espejo que refleja vidas que pasan de largo ante el prójimo herido, es también la denuncia de credos vacíos que olvidaron el amor, es la voz de alerta para sociedades que se acostumbraron a la injusticia. El arte es siempre una alternativa contra la violencia y el sufrimiento. Contra las guerras. Todas las guerras, todas las violencias, pues debe ser el arte un acuerdo tácito al diálogo profundo.
El arte, así como lo hizo el propio Cristo, debe actuar con valentía y no abandonar el ser instancia crítica a la sociedad, al propio arte, y a la propia religión. Y en cierto modo, es también una posibilidad casi cuántica: un lugar donde múltiples significados coexisten, donde cada mirada revela una verdad distinta, dónde el misterio no se resuelve… se expande.
El arte y la religión han de compartir una obligación. Están obligados a mirar, a mirar más lejos y más alto y al mismo tiempo obligados a la pausa que conduce al pensamiento que se acerca a la complejidad del alma humana.
Juntos nos enfrentamos a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿Quienes somos? ¿Qué sentido tiene el dolor? ¿Qué significa amar, de verdad, al prójimo como a uno mismo? ¿Qué hay más allá? Y en ese ejercicio de búsqueda, el ser humano se acerca, quizás sin saberlo, a lo trascendente.
Santo Padre, en un mundo que corre, que se fragmenta, que a veces se simplifica en exceso, el arte nos devuelve la complejidad, la profundidad, el silencio necesario. Nos recuerda que hay algo más. Que siempre hay algo más. Por eso, este encuentro entre la iglesia y la sociedad civil no es sólo oportuno: es necesario. Porque necesitamos seguir creando y compartiendo. Seguir preguntando. Seguir buscando belleza, sí… Pero también verdad. Porque allí donde el ser humano se atreve a preguntarse en profundidad, comienza un camino. Un camino que nos puede conducir hacia lo sagrado, hacia la fraternidad que late en el corazón de todo ser humano y en el misterioso corazón de Dios.
En su discurso en el Movistar Arena el actor también explicó que si hoy está en ese evento es por su vinculación con el góspel, música religiosa propia de las comunidades afronorteamericanas. «Usted sabe muy bien que góspel significa el hechizo de Dios. Yo hoy estoy aquí, Santo Padre, confesando haber sido víctima del hechizo de Dios», concluyó.







