17 de junio de 2026 00:40


Editor: Armando Robles

El kleroterion: la máquina que aseguraba que la democracia en Atenas fuera justa
El kleroterion: la máquina que aseguraba que la democracia en Atenas fuera justa

Solo la revolución ciudadana puede salvar la situación

Estanislao de Kostka.- La lucha contra la corrupción y la exigencia de virtud cívica no son fenómenos nuevos. Desde las polis griegas hasta las revoluciones modernas, la historia ofrece un arsenal de estrategias y advertencias para sociedades que enfrentan crisis de legitimidad. En España, donde los casos de corrupción, malversación, clientelismo y opacidad institucional han erosionado la confianza ciudadana, las enseñanzas de la Atenas clásica, la resistencia helénica del siglo XIX y los mecanismos clásicos de accountability resuenan con urgencia. Así las cosas, los precedentes históricos pueden inspirar una transformación interna en los partidos políticos y una movilización ciudadana pacífica, pero firme e implacable.

El Legado de los Tiranicidas, en referencia a la ética y la acción colectiva son un ejemplo a seguir en su versión pacífica y sin violencia. La historia de Harmodio y Aristogitón, quienes en el 514 A.C. asesinaron al tirano Hiparco en Atenas, trascendió sus motivaciones personales para convertirse en símbolo de la resistencia ante el abuso de poder. Aunque su acto fue inicialmente un ajuste de cuentas privado, la posterior caída de Hipias —hermano de Hiparco— permitió el surgimiento de reformas democráticas bajo Clístenes. Las estatuas erigidas en su honor en el Ágora no celebraban la violencia, sino el coraje cívico de cuestionar a quienes pervierten el poder.

Este episodio plantea un paralelismo crucial con la España actual: la necesidad de que figuras dentro del propio Partido Socialista Obrero Español (PSOE), como veteranos críticos —Felipe González, Emiliano Garcia-Page, Javier Lambán, Eduardo Madina, Juan Lobato, Tomás Gómez, Susana Díaz, Guillermo Fernández Vara, etc.—, lideren una “revolución interna” exigiendo nuevas elecciones. En la Grecia clásica, la “areté” (excelencia virtuosa) no era solo un ideal individual, sino un compromiso con la polis. Del mismo modo, la renovación partidista requiere que los disidentes abandonen la complicidad silenciosa y prioricen el bien común sobre la lealtad faccional.

Históricamente existen mecanismos contra la corrupción y los ejemplos los tenemos desde el mecanismo denominado “Kleroterion”, a la que conocemos como auditoría moderna. Atenas desarrolló herramientas ingeniosas para limitar la corrupción, muchas de sorprendente vigencia. El “kleroterion”, una máquina de sorteo que asignaba cargos públicos aleatoriamente, buscaba evitar la concentración de poder y el clientelismo. Complementando este sistema, la dokimasia (examen previo de los candidatos) y la euthyna (rendición de cuentas post-mandato), establecían controles estrictos. Los funcionarios griegos enfrentaban auditorías rigurosas, y las penas por malversación incluían la confiscación de bienes y la inhabilitación perpetua.

En España, donde casos como los que estamos viviendo estos días y desde hace un lustro han expuesto redes de corrupción sistémica, sugieren la necesidad de reformas audaces, que complementen a los partidos políticos ante su ineficacia, por ejemplo, el sorteo de ciudadano cualificados como órganos de control, mitigando la partidocracia en instituciones como el Consejo General del Poder Judicial; comisiones independientes para evaluar la idoneidad de candidatos a cargos públicos, más allá de su filiación política; o penalizaciones ejemplares, incluyendo la devolución íntegra de fondos desviados y la inhabilitación vitalicia. Así se hacía en Grecia y no hay razón para que no se pueda hacer ahora, por muy extraño que parezca. Algo habrá que hacer.

La Revolución Griega de 1821 es otro ejemplo de lecciones sobre unidad y fragilidad. La Guerra de Independencia griega contra el Imperio Otomano (1821-1830), ilustra tanto el poder de la movilización popular como los riesgos de la fragmentación. Aunque lograron la independencia, las luchas internas entre facciones —desde liberales hasta monárquicos,— facilitaron la injerencia extranjera y un final alejado de los ideales iniciales. Este precedente advierte a la ciudadanía española: cualquier movimiento anticorrupción debe trascender el sectarismo y construir una plataforma unificada con demandas concretas que debe pasar por una verdadera ley de transparencia, financiación partidista auditada públicamente, por ciudadanos independientes, etc.

La resistencia griega durante la Segunda Guerra Mundial, con su red de organizaciones como el ELAS y el EDES, muestra además cómo la diversidad de tácticas —desde la desobediencia civil hasta la presión internacional,— puede ser efectiva cuando existe coordinación.

Todo debe basarse en la virtud Cívica. Aristóteles defendía que la democracia requiere “andreía” (valentía), “sophrosyne” (moderación) y “dikaiosyne” (justicia). En la España actual, estos principios se podrían traducir en “Andreía”, esto es, denuncia pública de irregularidades, incluso cuando provienen de las propias filas. Ejemplos históricos como el ostracismo ateniense, que exiliaba a políticos corruptos mediante votación popular, subrayan la importancia de mecanismos que permitan a la ciudadanía retirar apoyos. Las acusaciones deben sustentarse en evidencias, no en campañas de descrédito, de ahí que las instituciones deban actuar con imparcialidad, revirtiendo la percepción de que la justicia es “selectiva” y partidista, profundamente partidista.

Sin embargo, la pasividad de los partidos de oposición, atrapados en luchas internas o calculismos electorales, ha dejado un liderazgo vacío en el Gobierno. Como en el Madrid ocupado por Napoleón o la Atenas bajo Hipias, la responsabilidad recae ahora en una ciudadanía organizada que debe articular un frente común que trascienda siglas partidistas.

Lo que se propone es un camino hacia una Nueva “Agora” Española. El legado griego no invita a la revolución violenta, sino a una reinvención democrática basada en auditorías ciudadanas inspiradas en la “euthyna”, con participación aleatoria de ciudadanos en comités de supervisión con la ayuda de expertos independientes, con la ayuda de los mejores. Educación cívica que recupere la “areté” como eje curricular, formando en ética pública desde la escuela. Y, medios de comunicación comprometidos en investigar el poder, no solo en narrar sus conflictos o actuar como la natación sincronizada.

Como escribió Tucídides, “la libertad es el fundamento de la felicidad”. España enfrenta su propio momento constitutivo: aprender de los errores de Atenas, donde la corrupción erosionó la democracia, o imitar su capacidad para regenerarse desde la virtud colectiva. La respuesta, como en el Ágora, comenzará con ciudadanos que exijan, pacífica pero incansablemente, que el poder vuelva a servir al pueblo.

La revolución del siglo XXI no requiere barricadas, sino ciudadanos que, como los hoplitas en formación cerrada, avancen cohesionados exigiendo instituciones limpias. El despertar debe venir de abajo, de los ciudadanos, dado lo poco que podemos esperar de los actuales partidos políticos. España tiene ante sí la oportunidad de escribir un nuevo capítulo donde la valentía cívica, no el cálculo partidista, defina su destino de forma pacífica y bajo los principios de la democracia. Los partidos políticos son imprescindibles en democracia, sin ellos no hay democracia, pero su actuar también puede acabar con la democracia, de ahí la importancia de que se activen los ciudadanos, no para suplir a los partidos políticos, insisto, imprescindibles, sino para que vuelvan a ser verdaderos servidores públicos.

*Abogado jefe de A7 y politólogo

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