Edurne Uriarte.- Muchos mexicanos han comentado en redes sociales que la verdadera razón de que Claudia Sheinbaum, la presidenta de México, regalara su entrada para el partido inaugural del Mundial ha sido su miedo a los abucheos. Algo así como lo de Pedro Sánchez cuando sale a la calle en España. Pero yo, sin embargo, creo que la verdadera razón es otra mucho más simple, y es que no le gusta el fútbol; y acudir al Estadio Azteca le motivaba lo mismo que a mí ver el combate de Ilia Topuria, es decir, nada, que es el interés que tengo por las Artes Marciales Mixtas.
Por eso se le ocurrió el show populista del sorteo de su entrada entre chicas aficionadas al fútbol, para «reconocer a las mujeres que abren camino» y para que «el deporte sea accesible para todos y todas», dijo, en un estilo muy de Irene Montero y Ione Belarra. E hizo un supuesto sorteo abierto, que casualmente ganó una chica de origen indígena, aunque los mexicanos de origen indígena no lleguen al 20 % de la población. Es decir, un probable amaño, por no hablar de todos los chicos aficionados a los que no dejó participar.
A lo que no se atrevió es a obligar a todos los altos cargos de su Gobierno a regalar igualmente sus entradas, porque, puestos a ser coherentes, es lo que tendrían que haber hecho. Que vaya el pueblo y no la élite política a los palcos de invitados especiales. Pero de eso nada, claro está. Le habrían montado una revuelta, porque seguramente la mayoría son aficionados al fútbol, y se encontraban ante una oportunidad única e irrechazable.
Alguna vez he comentado a mis amigos futboleros de fuera de la política que uno de los pocos privilegios que yo veo a ser presidente o ministro del Gobierno es tener la ocasión de ver en directo y con toda comodidad un partido de estos. Ser presidente o ministro es un grandísimo honor, sí, pero también una posición de un grado de preocupaciones y estrés tremendos, muy poco envidiable. Por eso envejecen todos tan rápido y mal. De ahí que se apunten como locos a estas oportunidades, como es la de ver en el propio estadio un partido inaugural del Mundial, bien conscientes de que ése sí es un privilegio del poder.
Y una obligación en grandes ocasiones como ésta, como es la de representar a México en el mundo. Pero a Sheinbaum ni le gusta el fútbol ni entiende de su espíritu, y ni se le ha pasado por la cabeza que la mejor aportación que podía haber hecho al fútbol femenino y a la afición de las mujeres es estar en el estadio y vivir la pasión del fútbol. Y no mostrar ese desprecio y ese desinterés con argumentos del feminismo izquierdista del «todos y todas», de ese que entiende mucho del machismo en el fútbol, pero muy poco de fútbol.
Una Claudia Sheinbaum celebrando emocionada los dos goles de México a Sudáfrica, eso sí que habría ayudado al crecimiento de la afición femenina. A mí todavía me llaman la atención cuando salto y grito celebrando los goles del Real Madrid y de España, por eso de que es muy poco femenino, piensan, y no te pega, me dicen. Así estamos todavía, y llega Claudia Sheinbaum y se pone a hacer populismo feminista en lugar de liderar de verdad a las mujeres futboleras de México y del mundo.






