AR.- Hubo un tiempo en que la selección española podía perder, pero nunca dejaba indiferente. Era la España de hombres que entendían la camiseta nacional como algo más que una convocatoria. La España de la nariz destrozada de Luis Enrique, convertido en símbolo de rebeldía y orgullo. La del eterno vendaje de José Antonio Camacho, dispuesto a jugarse el físico en cada balón dividido. La de José Martínez Martínez ‘Pirri’, capaz de competir con una clavícula rota por defender el escudo de España.
Aquellos futbolistas no preguntaban qué podía hacer España por ellos. Se preguntaban qué podían hacer ellos por España.
Por eso cada vez resulta más difícil sentirse identificado con una selección en la que algunos jugadores parecen transmitir una conexión emocional mucho más intensa con otras identidades que con la nación a la que representan sobre el césped.
El ejemplo más evidente es el de Lamine Yamal. Nadie discute su talento extraordinario ni su derecho a sentirse orgulloso de sus orígenes familiares. Pero cuando un internacional español exhibe en sus botas las banderas de Marruecos y Guinea Ecuatorial, muchos aficionados se preguntan dónde queda España en esa ecuación. La cuestión es simbólica, no es jurídica ni deportiva. Los símbolos importan, especialmente cuando se representa a una selección nacional.
A ello se suma una sensación cada vez más extendida: la de que dentro del vestuario pesan demasiado las afinidades territoriales, los intereses de club y determinadas agendas identitarias. Las polémicas surgidas alrededor de Marc Cucurella tras su vinculación con el Real Madrid alimentan la impresión de que algunos jugadores siguen viendo el fútbol español a través de trincheras particulares incluso cuando visten la misma camiseta.
Y luego está el problema de la implicación competitiva. Futbolistas como Mikel Oyarzabal muestran habitualmente en sus clubes una intensidad, una agresividad deportiva y una capacidad de sacrificio que muchos aficionados echaron de menos en su debut mundialista contra Cabo Verde. Quizá sea una percepción injusta o que los datos digan otra cosa, pero el fútbol también vive de sensaciones, y la sensación de una parte de la afición es que no todos sienten la selección con la misma pasión.
Por otro lado, en un Mundial donde la práctica totalidad de los futbolistas canta su himno con orgullo, emoción y sentimiento de pertenencia, la selección española constituye una llamativa excepción. Mientras las cámaras captan lágrimas, gestos de pasión y una identificación inequívoca con los colores nacionales en casi todas las selecciones, los jugadores españoles suelen permanecer inmóviles, con semblante inexpresivo y sin exteriorizar la más mínima emoción durante la interpretación del himno. La escena, repetida de forma sistemática desde hace años, proyecta una imagen de frialdad y desapego que contrasta de manera evidente con la intensidad patriótica mostrada por el resto de participantes del torneo.
Lo preocupante no es que algunos jugadores sean vascos, catalanes, andaluces o gallegos. España siempre ha sido plural y precisamente ahí ha residido una de sus mayores fortalezas. Lo preocupante es la impresión de que para ciertos internacionales la selección ocupa un lugar secundario en su escala de lealtades emocionales.
Mientras tanto, la afición sigue recordando imágenes que definieron generaciones enteras. Luis Enrique sangrando contra Italia. Camacho vendado hasta las cejas. Pirri jugando lesionado. Aquellos futbolistas podían tener defectos, cometer errores o perder partidos. Pero jamás dejaron dudas sobre a quién representaban ni sobre cuánto estaban dispuestos a sacrificar por ello.
Hoy España tiene mejores instalaciones, mejores salarios, más medios y más protección que nunca. Sin embargo, a veces parece tener menos orgullo competitivo y menos sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional.
Quizá sea nostalgia. Quizá el fútbol moderno haya sustituido las patrias por las marcas, los escudos por las carreras individuales y el compromiso por la corrección política. Pero cuando uno compara aquellas imágenes imborrables con determinadas actitudes actuales, resulta inevitable llegar a una conclusión incómoda: esta selección gana partidos, pero cada vez representa a menos españoles.







