VC.- Artículo satírico de ficción. Cualquier parecido con personas reales sería una coincidencia tan improbable como encontrar convicciones ideológicas en el protagonista.
Los expertos en ciencia política llevaban décadas intentando comprender cómo se forman las élites dirigentes de los partidos. Sin embargo, todos sus modelos teóricos quedaron destruidos el día que Naranjito Cifuentes, antiguo militante de Ciudadanos, terminó controlando de facto el Partido Popular en Puercos del Reseteo sin que nadie lograra explicar exactamente cómo había ocurrido.
Cifuentes, de tropecientos años y poseedor de un currículum tan ligero que podría utilizarse como cometa en días de viento, inició su carrera política en Puercos del Reseteo defendiendo con entusiasmo todas las posiciones progresistas que encontró a su paso. En aquellos años era habitual verle explicar que el futuro pertenecía al liberalismo moderno, al aborto libre, a las políticas de género y a cualquier otra causa que estuviera de moda en el argumentario semanal.
«Lo importante es tener principios», declaraba entonces. Cuando le preguntaban cuáles eran, respondía: «Los que correspondan».
Años después, tras detectar que Ciudadanos se dirigía hacia el mismo lugar que los videoclubs y los reproductores de DVD, Cifuentes experimentó una súbita revelación ideológica. Descubrió que, en realidad, siempre había pensado exactamente lo contrario de todo lo que había defendido hasta ese momento.
Algunos calificaron aquel cambio de oportunismo. Él lo llamó evolución. Los politólogos acuñaron un término más preciso: «giro de 360 grados repetido varias veces hasta marear al electorado».
Los biógrafos coinciden en que la principal virtud de Cifuentes ha sido no dejar que el conocimiento interfiera jamás en su carrera política. Es un hecho que sus raquíticos pertrechos culturales no le impiden confundir a Moctezuma con un repartidor de Amazon. Y por si fuera poco, quienes le conocen destacan que posee una capacidad extraordinaria para hablar durante cuarenta minutos sin acercarse accidentalmente a una idea.
«No es un hombre de libros», explica un antiguo profesor. «Tampoco de artículos, informes, documentos o folletos. Si lo pienso bien, no es especialmente brillante en nada», repone. Es necesario sin embargo hacer una aclaración. Aunque bastante gris y mediocre, la biografía política de Naranjito Cifuentes mantiene algunas analogías con personajes tan icónicos de la literatura española como el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, o el camaleónico Don Oppas, de Benito Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales.
Lejos de perjudicarle su desapego al conocimiento más allá de la intriga, esta circunstancia resulta ser una ventaja competitiva en Puercos del Reseteo. Al mismo tiempo que otros compañeros de corporación pierden su tiempo estudiando cuestiones complejas, Cifuentes se concentra en actividades más rentables, como cantarle la traviata a la que llama su líder o detectar hacia dónde sopla el viento y colocarse exactamente en esa dirección.
Su desembarco en el PP fue recibido inicialmente con cierta desconfianza. Algunos veteranos del partido se preguntaban cómo podía integrarse alguien que había defendido durante años posiciones opuestas.
La respuesta de Cifuentes fue magistral:
—Porque ahora defiendo estas.
—¿Y si mañana cambian?
—Entonces demostraré una gran capacidad de adaptación.
La contundencia intelectual del argumento dejó sin palabras a sus críticos.
Lo verdaderamente sorprendente es que nadie recuerda el momento exacto en que Naranjito empezó a controlar la organización. Simplemente ocurrió.
Un día ocupaba una vocalía irrelevante. Al siguiente estaba coordinando a su grupo. Una semana después tutelaba a la que llaman líder. Meses más tarde, la líder consultaba hasta para ir al baño.
Según varias fuentes, su estrategia al principio consistía en asentir con enorme intensidad en todas las reuniones. Mientras otros participantes cometían el error de expresar opiniones propias, Cifuentes perfeccionó el arte de coincidir con todos simultáneamente.
Hoy, convertido en una figura central del partido, Naranjito Cifuentes representa una de las trayectorias más singulares de la política contemporánea: la de un hombre que jamás permitió que las convicciones limitaran sus oportunidades. De hecho, él mismo prefiere definirse como «ideológicamente flexible».
Mientras tanto, analistas de todo el país continúan estudiando el fenómeno. ¿Cómo logró semejante ascenso alguien tan escasamente interesado en las ideas, tan pobremente equipado en lo intelectual y tan extraordinariamente adaptable? La respuesta sigue siendo un misterio.
Aunque, según algunos observadores, el secreto podría resumirse en una frase que el propio Cifuentes pronunció durante una reunión con militantes del partido en una cabina de teléfono elegida al azar: «Las ideas pasan. Los cargos permanecen».







