Borja Espí.- Mientras otros municipios de la provincia de Toledo compiten por atraer visitantes, Casarrubios parece haber encontrado la fórmula inversa: espantar cualquier posibilidad de desarrollo turístico.
Hay pueblos que aparecen en los mapas turísticos por su patrimonio, sus tradiciones, su gastronomía o su capacidad para generar experiencias atractivas. Y luego está Casarrubios, un municipio que, a falta de una política turística mínimamente definida, se ha convertido en un ejemplo de cómo desaprovechar oportunidades.
La realidad es tan contundente como incómoda: Casarrubios no recibe turistas. A ser más precisos, no recibe a un solo turista. No porque carezca necesariamente de potencial, sino porque nadie parece haberse preocupado por convertir ese potencial en una oferta real. No existe una estrategia reconocible, no hay promoción destacable, no se percibe una agenda de actividades capaz de atraer visitantes y tampoco se aprecia una apuesta decidida por posicionar al municipio en un entorno donde la competencia entre destinos es cada vez mayor.
Mientras localidades vecinas buscan diferenciarse y generar movimiento económico a través del turismo, Casarrubios desaprovecha su cercanía con Madrid y permanece instalado en una llamativa inercia. El resultado es visible en sus calles: ausencia de visitantes, escasa actividad vinculada al ocio y una sensación general de que el Ayuntamiento ha renunciado a competir por un sector que genera riqueza y empleo en buena parte del territorio.
La ironía es que los únicos vehículos que parecen llegar con regularidad son los de las empresas de reparto. Furgonetas de mensajería entrando y saliendo cada día, repartiendo paquetes a vecinos que compran por internet lo que no encuentran en una oferta comercial o turística inexistente. Si hubiera que elaborar una estadística simbólica de visitantes, los repartidores ocuparían el primer puesto con una ventaja abrumadora sobre cualquier otro perfil.
Resulta difícil imaginar una campaña turística más eficaz en sentido contrario. Allí donde otros municipios organizan ferias, rutas, eventos culturales o actividades gastronómicas, Casarrubios transmite la imagen de un lugar resignado a que nada ocurra. Claro que cuando nada ocurre, nadie viene.
La falta de una política turística no es un problema menor ni una cuestión decorativa. Significa menos actividad para los pocos comercios que existen, menos visibilidad para el municipio y menos capacidad para atraer inversiones o nuevos proyectos. En definitiva, menos desarrollo.
Quizá haya llegado el momento de que los responsables municipales se formulen una pregunta sencilla: ¿qué motivo tiene hoy una persona para visitar Casarrubios? Si la respuesta tarda demasiado en llegar, probablemente ahí esté el problema.
Un pueblo puede no tener una catedral, una playa o un gran centro de ocio. Lo que no puede permitirse es carecer de una idea, y en materia turística, Casarrubios lleva demasiado tiempo dando la impresión de que no tiene ninguna. Mientras tanto, los turistas siguen sin aparecer. Los repartidores, en cambio, nunca fallan.







