8 de julio de 2026 18:51


Editor: Armando Robles

Dejen de decir que el torero se juega la vida: la tauromaquia no necesita ese argumento

RV.- La defensa de la tauromaquia ha recurrido durante décadas a un argumento que, a fuerza de repetirse, ha terminado convirtiéndose en un lugar común: el torero se juega la vida. Es una afirmación que contiene una parte de verdad, pero que, utilizada como principal justificación de la Fiesta, resulta cada vez menos convincente y, sobre todo, innecesaria.

Nadie discute que una corrida de toros entraña un riesgo. Un animal de más de quinientos kilos, dotado de fuerza, velocidad e instinto, puede provocar una cogida de extrema gravedad. Las cornadas existen, las lesiones también, y el peligro nunca desaparece por completo. Pero una cosa es reconocer la existencia del riesgo y otra muy distinta exagerar sus consecuencias hasta convertir la muerte del torero en un desenlace casi habitual.

Los datos históricos demuestran precisamente lo contrario. Las víctimas mortales en los ruedos son extraordinariamente escasas. Afortunadamente, los avances médicos, la profesionalización de las enfermerías y la preparación física de los toreros han reducido de forma drástica la mortalidad. Hoy, objetivamente, morir en una plaza de toros es un hecho excepcional.

De hecho, cuando se compara la tauromaquia con otras profesiones consideradas de riesgo, la diferencia resulta llamativa. Sectores como la construcción, la pesca, la minería, el transporte o determinados trabajos industriales registran año tras año un número de fallecidos muy superior. Son trabajadores que también asumen riesgos, pero cuyos accidentes mortales forman parte de una realidad estadística mucho más frecuente que la del toreo.

Eso no convierte la tauromaquia en una actividad exenta de peligro. Sería absurdo afirmarlo. El riesgo existe y forma parte de su esencia. Pero precisamente porque existe no hace falta magnificarlo. La grandeza del toreo no reside en una supuesta cercanía permanente de la muerte, sino en el dominio técnico, el conocimiento del animal, el valor sereno y la capacidad artística de convertir una situación potencialmente peligrosa en una expresión estética.

La Fiesta tiene argumentos mucho más sólidos para defenderse: su valor cultural, su historia, la conservación del toro bravo y de un ecosistema único, el patrimonio artístico que ha inspirado durante siglos a pintores, escritores y músicos, o la libertad de quienes deciden asistir a una plaza. Insistir una y otra vez en que el torero «se juega la vida» acaba ofreciendo una imagen distorsionada de una profesión cuya siniestralidad mortal, por fortuna, es extraordinariamente baja.

Y, ya como chascarrillo para rebajar la solemnidad del debate, conviene recordar una curiosidad que suele citarse con frecuencia: estadísticamente fallecen más personas practicando golf —en muchos casos por infartos sufridos durante el juego— que por cogidas mortales en una temporada taurina. No porque el golf sea un deporte especialmente peligroso, sino porque las estadísticas, cuando se interpretan con rigor, a veces desmontan los tópicos más arraigados.

Quizá haya llegado el momento de abandonar un argumento tan efectista como débil. La tauromaquia no necesita presentarse como una permanente ruleta rusa para justificar su existencia. El riesgo está ahí, como en tantas actividades humanas, pero la verdadera razón de ser de la Fiesta se encuentra en otros valores mucho más profundos y mucho más difíciles de rebatir.

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