La tauromaquia se encuentra en una de las crisis más significativas de su autenticidad en la historia reciente. No es a causa de los ataques provenientes de quienes nunca la comprendieron, sino debido a la erosión interna generada por un sistema cada vez más exclusivo, clientelista y complaciente. Este año, la Feria de San Isidro está sirviendo como la confirmación definitiva de esa degeneración: una celebración dominada por un pequeño grupo de empresarios, ganaderos y apoderados que determinan quién logra el éxito, quién se enfrenta al fracaso y, lo más importante, quién tiene la posibilidad de intentarlo.
A pesar de que ciertos toreros, dotados de gran sensibilidad, autenticidad y habilidad, son relegados a espectáculos de menor relevancia o se desvanecen en el olvido, hay otros —considerablemente más limitados— que acumulan contratos, portadas y premios gracias a una maquinaria que funciona a la perfección. La conveniencia ha reemplazado al verdadero mérito.
El gran examen del toreo debería ser San Isidro, el coso en el que solo el arte, el valor y la verdad impongan su juicio. No obstante, una sensación desoladora ha quedado después de demasiadas tardes: actuaciones previsibles, banales y sin emoción que se transforman, de manera incomprensible, en triunfos oficiales. Orejas entregadas con una facilidad francamente insultante, presidentes carentes de criterio y públicos adormecidos ante una evidente escasez artística.
El superficial tremendismo se ha vuelto predominante sobre el profundo toreo, el sensacionalismo ha reemplazado a la estética y el estruendo ha sustituido al temple. Parece que lo que ahora cuenta no es la manera en que se torea, sino la cantidad de gritos, el grado de exageración o cuántas veces se ejecuta una misma secuencia mecánica carente de alma y carácter. El arte ha dejado de ser el eje de la celebración y se ha transformado en un componente secundario.
No obstante, quizás lo más alarmante sea la pérdida del sentido crítico por parte de los aficionados. Las plazas que solían ser exigentes y que mantenían la autenticidad del toreo —habilitadas para diferenciar entre la realidad y la farsa— también comienzan a someterse a la manipulación y a la emoción artificial. Sin esa minoría selectiva que tradicionalmente ha defendido la pureza de la tauromaquia, todo se torna más sencillo para quienes gestionan este entorno de intercambios mutuos.
El resultado es catastrófico: la celebración pierde su reputación incluso entre sus aficionados, ya que la tauromaquia no puede perdurar solo como una atracción; requiere mantener su componente ético y artístico. Y cuando el espectador se da cuenta de que los éxitos están exagerados, que las personalidades se resguardan, que ciertos nombres tienen restringido el ingreso y que se altera el criterio, la pasión se convierte gradualmente en desilusión.
El drama radica en que la tauromaquia, que ha representado durante siglos la autenticidad, el riesgo y la verdad, comienza a asemejarse en demasía a otros sectores degradados de la sociedad actual: un entorno donde las élites se protegen, el mérito resulta incómodo y la mediocridad estructurada suplanta al talento disonante.
Lo alarmante es que al perder una celebración cimentada en la verdad, precisamente esta esencia, inicia su caída más amenazante.





