La lucha por el poder
Bajo el disfraz de la disputa ideológica y del debate público sobre el bien común, se oculta una lucha feroz por el poder y los recursos. Ignacio Moncada nos recuerda que, como bien dice Miguel Anxo Bastos, el Estado se origina a partir de bandas de bandidos que se establecen en una población, la someten y la saquean de forma sistemática.
La teoría liberal-libertaria nunca ha visto al Estado como un árbitro neutral que se preocupa por el bien común, sino como una estructura organizada para apropiarse de la riqueza ajena de manera continua.
El saqueo político
Hoy en día, el saqueo sistemático de la clase política española es evidente. La lucha por el control del presupuesto, las subvenciones y los contratos públicos es una batalla sin cuartel. El poder político tiene una capacidad inmensa para repartir dinero, privilegios y sanciones, lo que da lugar a una corrupción estructural.
Cuando un político o burócrata puede decidir quién prospera y quién se arruina, la presión para influir en esas decisiones se vuelve inevitable. Si una regulación beneficia a ciertos sectores y perjudica a otros, lobbies y grupos de interés surgirán para arrimarse al poder y evitar el castigo.
La corrupción como norma
En un sistema donde el gobierno determina continuamente quién gana y quién pierde, la corrupción deja de ser una anomalía y se convierte en una consecuencia lógica. Cuanto más intervencionismo hay, más rentable resulta capturar políticamente el poder, atrayendo a personas sin escrúpulos dispuestas a aprovecharse del sistema.
El verdadero problema no es solo que el poder corrompa, como decía Lord Acton, sino que el poder atrae a los peores. La política profesional tiende a seleccionar a aquellos con más hambre de poder y menos principios morales, generando un entorno donde el objetivo principal es saquear al ciudadano y mantener el poder político.
La percepción de la corrupción
La situación actual en España provoca que muchos ciudadanos sientan que la corrupción no es un hecho aislado, sino que se ha convertido en la norma del funcionamiento del sistema. La sensación es que una mafia ha tomado el control del Estado y ha colonizado sus instituciones.
Sin embargo, esto no es un golpe de mala suerte ni el resultado de políticos excepcionales y corruptos, sino que se alinea con la visión predatoria del Estado que tienen los libertarios.
La naturaleza del sistema democrático
El sistema democrático actual puede ser visto, como decía H. L. Mencken, como una subasta de bienes robados. Los partidos compiten por ofrecer privilegios y subvenciones utilizando el dinero de todos. El apoyo político se compra repartiendo contratos y ayudas públicas.
Cuando el premio por ganar elecciones es controlar un vasto aparato de gasto y regulación, los incentivos para mentir y manipular son enormes. Por eso, la solución no radica en esperar la llegada de políticos buenos, sino en reconocer que el problema es sistémico y estructural.
Una respuesta libertaria
La respuesta libertaria es reducir el tamaño y el poder del Estado, limitando severamente su capacidad para crear dependencias y repartir privilegios. Cuanto menos pueda un político decidir sobre nuestras vidas, menos atractivo será capturar el poder político y menos incentivos habrá para que los peores lleguen a la cima.







