Ignacio Loring. Pedro Sánchez ya no gobierna: sobrevive. Y lo hace gracias a una alianza política que ha convertido la corrupción en un simple detalle administrativo, siempre que el poder se mantenga en las manos correctas.
A estas alturas, el presidente podría aparecer mañana en un vídeo atracando a una anciana a plena luz del día, llevándose el bolso y echando a correr mientras la señora pide ayuda… y aun así, sus socios parlamentarios saldrían a explicar que el verdadero problema es “el auge de la extrema derecha”, “los bulos mediáticos” o “la judicialización de la política”. El sanchismo ha dejado de ser un proyecto político para convertirse en una secta de supervivencia mutua.
La dinámica del escándalo
Cada nuevo escándalo se recibe de la misma manera: primero hay negación. Después, victimismo. Luego, un ataque a jueces, periodistas o policías. Y finalmente, el aplauso disciplinado de quienes hace años presumían de regeneración democrática y hoy se conforman con ser los pagafantas oficiales de la corrupción.
Ahí siguen todos: tragando sapos, justificando lo injustificable y vendiendo como “progresismo” lo que no es más que una red de intereses pegada al BOE con cola industrial.
Lo más fascinante no es Sánchez, que ha dejado claro hasta dónde está dispuesto a llegar para mantenerse en el poder. Lo realmente increíble es la obediencia ciega de quienes aún pretenden ser referentes éticos mientras sostienen cualquier escándalo con tal de conservar ministerios, asesores y titulares.
Un cambio de discurso
Antes, la izquierda proclamaba “tolerancia cero con la corrupción”. Ahora practican el “depende de quién robe”.
Mientras tanto, España asiste al espectáculo de unos socios que se han convertido en auténticos pagafantas de la corrupción: siempre pagando la ronda, siempre defendiendo al líder, siempre humillados… y, encima, dando las gracias.
La política española ya no gira en torno a ideologías. Gira en torno a una pregunta mucho más simple: ¿qué estarán dispuestos a justificar mañana para que Sánchez siga un día más en Moncloa?







