17 de junio de 2026 03:57


Editor: Armando Robles

Joyas del cuento breve

LA ASPIRINA

Andrés Palomares.- Un buen día me rompí el brazo. Un destrozo de huesos y de tejidos. Me dijeron que era grave pero que no me asustara, y me recomendaron que tomara inmediatamente una aspirina milagrosa que casualmente acababan de inventar. Todo iba a ir bien. La aspirina me iba a soldar el brazo en un santiamén. Incluso mi brazo saldría más fuerte de este percance. El resultado no fue el esperado. Me dolía cada vez más el brazo. La hinchazón no remitió.

Me dijeron que había que convencer a los vecinos de arriba, de abajo y de enfrente de que también tomaran una aspirina para que mi brazo se curara. Fueron diciendo por altavoz a todo el vecindario que todos debían ser solidarios y tomar la aspirina portentosa para que así el remedio fuera efectivo.

Fue necesario tomar un refuerzo. Entonces me tomé dos aspirinas. Pero mi brazo iba cada vez peor. «Tienes que tomar más aspirinas», me dijeron. «La culpa es de los inconscientes, los irresponsables y los insolidarios que no se toman la aspirina». Me tomé una tercera aspirina. Me salió una úlcera y me mareaba continuamente, la lengua se me puso como un estropajo. El brazo iba a peor. Más aspirinas. Al cabo de dos meses, el brazo se me gangrenó y morí en una sala de urgencia abarrotada, mientras que los enfermeros bailaban y cantaban por los pasillos sobre coreografías muy divertidas y al son de musiquitas alegres.

Ahora estoy muerto. Hubiera debido tomar más aspirinas.

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