Álvaro Hidalgo.- Pocos acontecimientos movilizan tantas emociones —y tanto dinero público— como un Mundial de fútbol. La cita despierta un relato seductor: empleo, turismo, proyección internacional, una marea de millones que todo lo justifica. Pero la economía exige distinguir entre la euforia del prólogo y la liquidación de cuentas del epílogo.
La literatura académica es tozuda. Baade y Matheson, al analizar el Mundial de 1994 en Estados Unidos, concluyeron que las ciudades anfitrionas perdieron entre 5.500 y 9.300 millones de dólares respecto a las previsiones oficiales. Brasil y Rusia desembolsaron unos 12.000 millones cada una para acabar con estadios faraónicos infrautilizados, los célebres «elefantes blancos». El patrón se repite: las estimaciones previas, infladas por el entusiasmo político, rara vez sobreviven al contraste con la realidad.
¿Y ganar el torneo? Aquí gobierna la economía del comportamiento. Edmans, García y Norli demostraron que una derrota en fases eliminatorias deprime la bolsa nacional al día siguiente en 49 puntos básicos, mientras que las victorias no generan un repunte simétrico. El triunfo produce orgullo, cohesión y titulares mediáticos; no productividad. La euforia es real, pero no se contabiliza en el PIB. El crecimiento sostenido nace de la innovación, el capital humano y la inversión privada, no de un trofeo. España lo vivió en 2010: alzó la Copa en plena crisis financiera, sin que la gloria frenara la prima ni evitara el rescate.
Esto no significa que organizar un Mundial carezca de sentido. Significa que debe juzgarse como cualquier inversión pública: por su coste de oportunidad. Cada euro destinado al hormigón deportivo es un euro que no financia investigación, educación o infraestructuras productivas. El error consiste en confundir el espectáculo con la riqueza, y la emoción colectiva con el rendimiento económico.
España afronta esta tentación en primera línea. Como coanfitriona del Mundial de 2030 junto a Portugal y Marruecos, el Gobierno cifra el coste organizativo en 1.430 millones y promete un impacto de 5.120 millones en el PIB y más de 82.000 empleos. Si la historia sirve de guía, conviene recibir esas cifras con sano escepticismo. Los focos se apagan, las gradas se vacían y la deuda permanece.
El fútbol nos regala las mayores alegrías que el dinero no puede comprar. Pero alguien, siempre, termina pagando la entrada.







