22 de junio de 2026 23:48


Editor: Armando Robles

La politización del fútbol: los casos de Colombia y Brasil

Roderick Navarro.- En medio del Mundial de futbol, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva no pudo resistir la tentación de intentar apropiarse del símbolo más unificador de Brasil: la Selección Canarinha. En un mensaje dirigido al técnico Carlo Ancelotti y a los jugadores que debutaron contra Marruecos, Lula les exigió «jugar con alma para el pueblo brasileño», recordándoles que millones de compatriotas los respaldan. Más allá del apoyo legítimo que cualquier jefe de Estado puede expresar, el tono y el timing revelan algo más profundo: el intento de capitalizar el fervor futbolístico para fortalecer su imagen política en un momento delicado.

Los líderes populistas entienden que el fútbol trasciende divisiones. Pero cuando el presidente de la República baja línea sobre cómo debe jugarse «con entrega y espíritu de equipo» en un ambiente electoral, el mensaje tiene fines políticos. Se convierte en una extensión de la campaña. Brasil enfrenta elecciones cercanas y Lula busca blindarse ante críticas. El fútbol, una vez más, se instrumentaliza para recordar al electorado que «el pueblo» está con él, aunque la realidad económica y los escándalos digan otra cosa.Suscripción digital

En Colombia, el fenómeno es aún más intenso y, paradójicamente, más creativo en uno de los bandos. El candidato presidencial Abelardo de la Espriella, líder del movimiento Defensores de la Patria, ha convertido la camiseta amarilla de la Selección Colombia en el emblema visual de su campaña. A pesar de intentos judiciales por prohibírselo, que luego fueron revocados por considerarlos desproporcionados, De la Espriella y sus seguidores la lucen con orgullo en actos públicos, desafiando a quienes ven en ello un “robo” de un símbolo nacional. Esta estrategia no es nueva, pero ha sido efectiva. Recordemos el impacto que tuvo el presidente Jair Bolsonaro al colocar la camiseta de la selección brasileña como símbolo unificador nacional y patriótico en torno a su liderazgo político.

Mientras Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico y representante de la continuidad petrista, se limita a proponer aspiraciones vagas como “organizar un Mundial en Colombia” y critica el uso de la camiseta como oportunismo, De la Espriella ha logrado asociar el patriotismo futbolero con su discurso de orden, seguridad y defensa de la patria. Cepeda no ha encontrado ni la creatividad ni el timing para capitalizar el mismo símbolo. Su intento de censurar el uso de la prenda terminó siendo contraproducente: le regaló a su rival una narrativa de libertad de expresión y orgullo nacional.Política

Ambos países viven procesos electorales decisivos en 2026. En Colombia, la segunda vuelta del 21 de junio posiciona a De la Espriella como amplio favorito. Su mensaje patriótico, reforzado por la camiseta amarilla, conecta con un electorado cansado de la gestión de Petro y la inseguridad. En Brasil, la situación es más compleja para la oposición, pues arrastra el peso del escándalo del Banco Master y las revelaciones sobre sus vínculos con el banquero Daniel Vorcaro. La oposición se enfrenta a un gobierno con una credibilidad debilitada, rodeado de escándalos y que tiene un problema de sucesión ante el ocaso de Lula.

En última instancia, los electores no son ingenuos. Saben distinguir entre un verdadero orgullo nacional y un oportunismo electoral. Mientras en Colombia la derecha parece haber encontrado una fórmula ganadora que combina símbolo y sustancia, en Brasil la izquierda gobernante enfrenta la difícil tarea de vender un relato de unidad cuando sus propios escándalos la dividen. El mundial 2026 no solo definirá campeones en la cancha, sino que podría anticipar ganadores en las urnas. La pelota, como siempre, está rodando. Y los pueblos, atentos al resultado.

 

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