9 de julio de 2026 15:05


Editor: Armando Robles

Montenuevo es un clamor: sus vecinos quieren segregarse de Casarrubios y pasar a formar parte de El Álamo (Madrid)

VR.- A veces una reivindicación trasciende la política para convertirse en una cuestión de pura supervivencia. Eso es lo que ocurre en la urbanización Montenuevo, donde el clamor de sus vecinos es unánime: quieren dejar de pertenecer a Casarrubios del Monte y pasar a formar parte del municipio madrileño de El Álamo.

No se trata de una cuestión sentimental ni de un capricho administrativo. Es una comparación diaria entre dos realidades separadas por poco más de un kilómetro, pero que parecen pertenecer a mundos completamente distintos.

Los vecinos no esconden sus motivos. «Pertenecer a la Comunidad de Madrid nos revaloriza. Pasar a formar parte de El Álamo es como pasar al primer mundo», afirman sin rodeos. Una frase que puede resultar incómoda, pero que refleja el profundo desencanto de quienes llevan años sintiéndose abandonados por las administraciones de Castilla-La Mancha y, especialmente, por el Ayuntamiento de Casarrubios.

Las quejas van mucho más allá de las palabras. Denuncian que ni siquiera disponen de una carretera digna para acceder al casco urbano de Casarrubios, teniendo que utilizar una pista polvorienta impropia del siglo XXI. Mientras tanto, apenas cruzando el límite regional, contemplan un municipio dinámico, con comercios, servicios, actividad económica y una imagen de prosperidad que contrasta con la decadencia que, según denuncian, ofrece Casarrubios.

El Álamo es un pueblo lleno de vida y de actividad comercial. Casarrubios está muerto; es un páramo cultural. No hay actividad comercial y la sensación de desolación y abandono impregna todos sus rincones», lamentan varios residentes de Montenuevo.

La comparación no solo afecta a la estética urbana. Los vecinos consideran que Madrid representa un modelo de gestión mucho más eficaz, capaz de atraer inversión, generar empleo y ofrecer mejores servicios públicos. Creen que pertenecer a una comunidad autónoma que ha apostado por el crecimiento económico y la libertad de iniciativa supondría un cambio radical para su calidad de vida y para el futuro de sus viviendas.

Uno de los residentes resume el sentimiento colectivo con una frase demoledora: «En apenas tres kilómetros se ha levantado una barrera entre el primer y el tercer mundo», lo que le lleva a asegurar que «si se realizara un referéndum entre los residentes, más del 90 por ciento votaría en favor de la segregación de Casarrubios».

Puede discutirse si la expresión es exagerada, pero lo verdaderamente preocupante es que haya ciudadanos que perciban una diferencia tan abismal entre dos municipios vecinos. Cuando una urbanización mira hacia otro término municipal porque siente que el suyo ha renunciado a progresar, el problema deja de ser una anécdota para convertirse en un severo correctivo para quienes gobiernan.

Montenuevo ya no pide promesas, quiere hechos y, sobre todo, pide poder elegir el lugar donde considera que tendrá un futuro mejor. Si una administración ha sido incapaz de generar arraigo entre sus propios vecinos, difícilmente podrá impedir que estos busquen esperanza al otro lado de una frontera administrativa que, en la práctica, ya parece mucho más profunda que una simple línea en un mapa.

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