20 de julio de 2026 18:40


Editor: Armando Robles

Ingleses celebrando la victoria de España contra Argentina en la final del Mundial.
Ingleses celebrando la victoria de España contra Argentina en la final del Mundial.

Sucios, marrulleros, tramposos, desechos morales, indios acomplejados...

El rechazo a los argentinos es ya un clamor mundial

 

Hubo un tiempo en el que Argentina despertaba admiración. Hoy, sin embargo, despierta rechazo por una imagen de arrogancia, que unida a la naturaleza sucia, criminal, tramposa y marrullera de su combinado de fútbol, terminaron por convertir a centenares de millones de aficionados de todos los continentes en hinchas de la selección española en la final del Mundial.

Es un fenómeno difícil de recordar en la historia del deporte. Nunca una selección campeona había logrado que tantos neutrales desearan su derrota. Basta recorrer redes sociales, foros o cualquier conversación futbolística internacional para comprobar que el sentimiento es casi unánime: cualquiera, menos Argentina.

La explicación no está en los títulos. Brasil ganó cinco Mundiales y nunca generó semejante nivel de animadversión. España dominó el fútbol entre 2008 y 2012 y tampoco. Alemania levantó Copas del Mundo sin convertirse en el enemigo universal. Lo que marca la diferencia no es ganar, sino la actitud con la que se gana.

En los últimos años, la selección argentina y parte de su entorno han proyectado una imagen de superioridad permanente. Cada victoria estuvo acompañada de provocaciones, burlas, desprecio hacia el rival y una constante necesidad de recordar al mundo quién manda. Esa mezcla de éxito y soberbia acaba cansando incluso a quienes reconocen la enorme calidad de sus futbolistas.

Por otra parte, resulta especialmente llamativo que ese sentimiento de superioridad nazca en un país que atraviesa desde hace décadas graves problemas económicos y sociales. Argentina es una nación de enorme riqueza cultural y deportiva, pero también golpeada por la inflación, la pobreza y la inestabilidad, con miles de niños desnutridos y una gran mayoría de los jubilados con una renta tan baja que no logra llenar la cesta de la compra. Precisamente por eso sorprende que una parte de su discurso idemtitario se presente como si viviera en un pedestal moral y deportivo.

El fútbol se ha convertido en un refugio emocional para millones de argentinos, algo perfectamente comprensible. Lo cuestionable es cuando ese orgullo se transforma en la convicción de que el resto del mundo debe rendir pleitesía a sus éxitos y aceptar cualquier exceso en nombre de la pasión.

Nadie discute el talento de muchos argentinos. Lo que genera tanto rechazo es la sensación de que el respeto solo se exige en una dirección. Por ejemplo, cuando se celebra humillando al rival, cuando la trampa y la marrullería se convierten en rasgos distintivos, cuando cualquier crítica se interpreta como envidia y cuando toda discrepancia se responde con desprecio, el rechazo deja de ser una sorpresa.

Quizá por eso hoy ocurre algo que parecía imposible: la selección argentina ha conseguido que millones de aficionados olviden sus simpatías habituales y apoyen simplemente al equipo que tenga enfrente. No porque odien su fútbol, sino porque se han cansado de la soberbia que, para muchos, lo acompaña. Esa es la verdadera derrota de Argentina: haber cambiado la admiración del mundo por su antipatía.

¿De qué puede presumir un país que, pese a disponer de los recursos naturales y económicos más importantes del planeta, ha dejado a millones de personas, especialmente niños y adolescentes, en situación de pobreza e indigencia? Los argentinos denigran el más estricto sentido de la moralidad humana.

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