A7.- Cada partido del Mundial en Estados Unidos comienza con una imagen cuidadosamente diseñada: los futbolistas saltan al césped acompañados por niños. La escena pretende transmitir valores universales, convivencia, integración y futuro. Pero hay una pregunta incómoda que casi nadie parece dispuesto a formular.
¿Por qué cuando observamos esas imágenes encontramos una presencia muy visible de niños procedentes de minorías étnicas o familias inmigrantes, mientras resulta difícil encontrar representación de niños identificables como pertenecientes a la población europea tradicional? Y, sobre todo, ¿por qué nadie considera legítimo siquiera plantear la cuestión?
La respuesta habitual consiste en acusar de racismo a quien formula la pregunta. Sin embargo, la cuestión no es racial; es de coherencia.
La pregunta provoca incomodidad inmediata. No porque sea falsa, sino porque desafía uno de los dogmas más protegidos de nuestro tiempo: la idea de que la diversidad sólo merece atención cuando funciona en una dirección concreta.
Hagamos un experimento mental muy sencillo.
Imaginemos que durante todo el torneo las cámaras mostrasen exclusivamente a niños blancos de origen europeo acompañando a las estrellas del fútbol mundial. ¿Alguien cree seriamente que los grandes medios guardarían silencio? ¿Alguien duda de que aparecerían artículos denunciando la falta de diversidad? ¿Que expertos, activistas y comentaristas hablarían de exclusión, invisibilización y representación desigual? La polémica sería inmediata.
Imaginemos el escenario inverso. Supongamos que durante todo el torneo los jugadores aparecieran exclusivamente acompañados por niños blancos de aspecto europeo. ¿Cuál sería la reacción de la prensa internacional? ¿Cuántos reportajes denunciarían la falta de diversidad? ¿Cuántos editoriales hablarían de exclusión, invisibilización o discriminación? ¿Cuántos expertos serían entrevistados para explicar el supuesto problema? La respuesta es evidente: la polémica ocuparía titulares durante semanas.
Sin embargo, cuando la situación parece producirse en sentido contrario, el silencio es absoluto. Lo que en un caso sería presentado como un escándalo, en el otro ni siquiera merece una pregunta.
Ese es el verdadero problema. No se trata de reclamar privilegios para nadie ni de negar la diversidad de las sociedades occidentales. Se trata de denunciar una doble vara de medir cada vez más evidente. La diversidad parece ser un valor irrenunciable cuando implica aumentar unas presencias concretas, pero deja de ser importante cuando afecta a otras.
La igualdad exige aplicar los mismos criterios a todos. Si una representación homogénea de niños blancos sería considerada sospechosa, también debería ser legítimo debatir sobre cualquier representación que excluya sistemáticamente a otros grupos. Si la diversidad es un principio, debe serlo siempre. Si no lo es, entonces estamos ante una utilización ideológica del concepto.
Quizá por eso nadie quiere hablar del asunto. Porque la pregunta no cuestiona a unas personas concretas, sino la lógica de un discurso que lleva años estableciendo categorías de víctimas y categorías de sospechosos en función de su origen.
El problema no es quién aparece en la foto. El problema es que unas ausencias generan titulares y otras generan silencio. En ese sentido, cuando los mismos hechos reciben tratamientos opuestos según la identidad de los implicados, la conversación deja de ser sobre igualdad y empieza a ser sobre privilegios políticos disfrazados de virtud moral.







