A7.- Cada año asistimos al mismo ritual. Llega el Orgullo Gay y parece que todos los partidos políticos están obligados a participar, colocar la bandera arcoíris en sus sedes o difundir mensajes de adhesión. Quien no lo hace es inmediatamente señalado como sospechoso de homofobia. Esa es precisamente la primera victoria del marco ideológico de la izquierda: conseguir que la discrepancia política sea presentada como una falta de respeto a las personas. Ambas cosas, sin embargo, no tienen nada que ver.
Una formación como el Partido Popular debe defender, sin excepción, la dignidad de toda persona, con independencia de su orientación sexual. Debe condenar cualquier agresión, discriminación o trato injusto hacia homosexuales, lesbianas o bisexuales. Ese es un deber democrático y moral que no admite discusión.
Sin embargo, de ese principio no se deduce que el PP tenga que participar en las celebraciones del Orgullo Gay dado que este evento hace tiempo que dejó de ser únicamente una reivindicación de igualdad jurídica para convertirse en la expresión política de un movimiento con una agenda ideológica propia.
En el Orgullo no se celebra simplemente que existan personas homosexuales. Se promueve una determinada concepción de la sexualidad, de la identidad, de la familia, de la educación y de las políticas públicas. Es perfectamente legítimo compartir esa visión, pero también lo es discrepar de ella. Lo que no resulta aceptable en una democracia plural es presentar esa agenda como si fuera el único compromiso posible con la libertad y el respeto.
El error del PP consiste en aceptar ese planteamiento. Así, cuando el PP participa institucionalmente en el Orgullo no está ampliando su espacio político; está validando el relato construido por la izquierda durante décadas. Un relato según el cual existen partidos que representan la libertad y otros que deben demostrar continuamente que no son intolerantes.
Es una batalla cultural perdida de antemano, porque quien acepta el marco conceptual de su adversario termina discutiendo siempre en el terreno elegido por él.
La izquierda ha conseguido que la bandera arcoíris deje de percibirse como un símbolo de una causa concreta para convertirse en un supuesto examen moral. Si un partido no participa en el Orgullo, se le acusa de estar contra los homosexuales; si participa, simplemente cumple con lo que se esperaba de él. Lo que hace el PP únicamente es legitimar el relato de quien fijó las reglas del juego. Ni siquiera creemos que obtenga réditos electorales y sí en cambio que muchos militantes conservadores, desconcertados ante tanta dosis de indefinición moral e ideológica, terminan trasvasando sus votos a Vox.
El PP no necesita acudir al Orgullo para demostrar que respeta a las personas homosexuales. Del mismo modo que no necesita asistir a todas las manifestaciones feministas, ecologistas o sindicales para reconocer la igualdad de quienes participan en ellas. Garantizar derechos, no adherirse institucionalmente a cada movimiento reivindicativo, debería formar parte del manual del buen gobernante.
Además, conviene recordar un principio básico del liberalismo político: las instituciones representan a todos los ciudadanos, no a las causas particulares. El Estado no debe identificarse con una confesión religiosa, pero tampoco con una determinada visión ideológica sobre la sexualidad. La neutralidad institucional protege mejor la convivencia que la adhesión permanente a símbolos y campañas impulsadas por determinados movimientos sociales.
El PP debería recuperar un discurso sencillo y firme: absoluto respeto a todas las personas, igualdad de derechos para todos los ciudadanos y rechazo a cualquier discriminación. Pero también plena libertad para discrepar de las agendas ideológicas que distintos colectivos promueven. Respetar a las personas nunca puede implicar aceptar sin crítica el programa político de los movimientos que dicen representarlas.
El verdadero error estratégico del PP no es dejar de asistir al Orgullo, sino creer que asistiendo logrará librarse de las etiquetas que la izquierda le atribuye. No ocurrirá. Al contrario: cada gesto de adhesión refuerza el marco mental de sus adversarios, consolida la idea de que la izquierda posee la autoridad moral sobre estas cuestiones y convierte al centro-derecha en un actor que siempre llega tarde a una batalla cuyo terreno han definido otros.
Para que el PP recupere un perfil propio, tiene que dejar de pedir permiso para defender sus principios. El respeto a la dignidad de todas las personas no necesita banderas, desfiles ni gestos simbólicos. Necesita leyes iguales para todos, instituciones neutrales y una política que distinga entre los derechos de los ciudadanos y las reivindicaciones de algunos colectivos.







