VR,.- Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en décadas.
Basta salir de El Álamo, Comunidad de Madrid, para comprender que la prosperidad no siempre depende de la geografía. Allí no solo hablan las calles. Hablan también los parques cuidados, las aceras limpias, las terrazas rebosantes de conversación, los comercios que levantan cada mañana la persiana, las empresas que llegan porque alguien decidió que aquel pueblo debía crecer y no resignarse.
Hay niños, proliferan los vecinos, se escucha ruido. Hay futuro.
Basta luego recorrer unos pocos kilómetros para entrar en otro mundo.
La calima difumina el horizonte mientras una pista polvorienta conduce hasta Casarrubios del Monte. Parece el decorado de un lugar al que el tiempo decidió dejar de visitar hace años. No hace falta que nadie explique nada. Los pueblos también hablan cuando callan. Y Casarrubios guarda un silencio incómodo.
Las calles aparecen casi vacías, los comercios escasean, los edificios antañones se desmoronan lentamente bajo el peso del abandono. Fachadas que aún conservan la dignidad de otro tiempo contemplan, impotentes, cómo la vida pasa de largo.
Quedan, eso sí, algunos bares. Como en tantos pueblos que han perdido el pulso, el bar termina sustituyendo a la plaza, al mercado, al comercio y al encuentro ciudadano. Donde antes circulaban mercancías, proyectos y conversaciones sobre el mañana, hoy apenas circulan resignaciones.
Entonces surge inevitable una pregunta tomada de la legendaria novela de Vargas Llosa, «Conversaciones en la catedral». ¿Cuándo empezó a joderse Casarrubios? No es una pregunta sobre nostalgia, se trata de una pregunta sobre responsabilidades.
Cuentan no tan mayores que hubo un tiempo en que este pueblo tenía músculo económico. Había mayoristas de carne y pescado que daban trabajo y prestigio. También ganaderos cuya reputación cruzaba comarcas enteras. Tenía el pueblo un nombre respetado cuando se hablaba de toros. Había comerciantes, agricultores, una sociedad orgullosa de sí misma. Pero sobre todo, había carácter. Hoy cuesta reconocer aquel pueblo.
Al mismo tiempo que municipios vecinos crecen, atraen empresas, mejoran sus servicios y multiplican su actividad, Casarrubios parece observar el progreso desde el arcén de la carretera. No, no es una fatalidad geográfica. No puede serlo cuando basta cruzar el límite con la Comunidad de Madrid para comprobar que otros pueblos, con recursos parecidos, han sabido reinventarse.
La diferencia nunca está únicamente en el mapa. Está sobre todo en la ambición.
Durante cerca de cuarenta años, con escasas interrupciones, el mismo color político ha dirigido el Ayuntamiento. Cada vecino extraerá sus conclusiones, pero resulta difícil no preguntarse si una permanencia tan prolongada termina por producir algo más profundo que una simple continuidad institucional: una costumbre; por ejemplo, la de no exigir. La costumbre de conformarse, de aceptar que nada importante cambiará. Sería injusto no apuntar también a una oposición acomplejada y acobardada, desconectada de los vecinos, que durante años no ha hecho otra cosa que transitar de fracaso en fracaso.
La oposición política en Casarrubios, atareada siempre en cuitas menores, nunca fue capaz de proclamar alto y claro que un pueblo que deja de exigir empieza a empequeñecerse mucho antes de que cierren las tiendas. Y Casarrubios se empequeñeció cuando dejó de discutir su futuro, cuando dejó de comparar, cuando dejó de incomodarse, cuando dejó de creer que merecía algo mejor. Quizá esa haya sido la mejor victoria de quienes han gobernado el pueblo durante décadas.
La peor derrota de Casarrubios no es la de los edificios que se agrietan, ni la de los negocios que bajan la persiana, ni siquiera la de los jóvenes que buscan oportunidades lejos. La peor derrota ha sido la aceptación de que todo eso es normal. Casarrubios necesita rebeldía, sentirse incómodo con su propia decadencia, ya que ningún pueblo renace mientras sus anestesiados vecinos se convencen de que la decadencia forma parte del paisaje.
No es cuestión de señalar culpables, sino de empezar, de una vez, a escribir un epílogo distinto y con escribanos diferentes.







