No, ilustre gusano, excelso mierdecilla, hay declaración de intenciones que no admite el refugio de la improvisación ni la coartada del contexto. Hay frases que, por sí solas, desnudan una forma de entender el concepto más estricto e íntimo de la dignidad humana. Afirmar que «a las personas hay que utilizarlas y tirarlas» no es una salida de tono: es la verbalización de una concepción profundamente inmoral de la política y de las relaciones humanas.
Quien pronuncia semejante sentencia está diciendo, en esencia, que la dignidad de las personas vale únicamente mientras resulte útil para sus intereses. Es la lógica del oportunismo elevada a principio rector, donde la lealtad, la gratitud y el respeto desaparecen para dejar paso al cálculo más frío y al descarte sistemático de quienes dejan de servir a un objetivo.
No es una cuestión de estilo. Se trata sobre todo de una cuestión de carácter, ya que las palabras no nacen en el vacío: reflejan convicciones, prioridades y una determinada escala de valores. En ese contexto, cuando un político expresa con semejante crudeza que las personas son instrumentos de usar y tirar, proyecta una imagen incompatible con la ejemplaridad que debe exigirse a quien aspira a representar a los ciudadanos.
La política ya soporta una grave crisis de credibilidad al convertirse en el refugio de los más torpes, los más inútiles, los más tontos, los más incapaces. Por este motivo, afirmaciones como esta no hacen sino alimentar el descrédito de unos partidos que necesitan representantes capaces de inspirar confianza, no de exhibir cinismo. Así que las cosas claras: el partido que admite en su seno a quien entiende la lealtad como un ejercicio de explotación personal difícilmente puede reclamar después respeto, compromiso ni apoyo
No basta con alegar que se trataba de una frase desafortunada. Hay afirmaciones que cruzan una línea ética evidente, y cuando esa línea se cruza, corresponde a los líderes o a las lideresas decidir si ese discurso representa los valores que dicen defender o si, por el contrario, merece una asunción de responsabilidades.
Si los dirigentes de un partido normalizan la deshumanización del que colabora desinteresadamente con ellos, ese partido merece ir a parar al basurero de la historia, aún cuando desarrolle su tarea en el pueblo más insignificante. Convertir a las personas en objetos prescindibles es la negación de los principios más elementales que deberían inspirar el servicio público.
Si esto no se entiende, entonces no se entiende nada: quien considera que las personas son desechables termina diciéndonos que, para él, los principios también lo son cuando estorban a sus intereses. Esa fue la forma de hacer política del partido veleta y del cerdo que nos ocupa.







