Vivimos tiempos en los que la palabra lealtad parece haber perdido parte de su significado y en los que la autenticidad es un bien escaso. Por eso, cuando uno tiene la fortuna de encontrarse con una persona como José Fausto, un gigante de la hostelería, comprende que todavía existen hombres cuya sola presencia dignifica a quienes los rodean.
José Fausto es, ante todo, un ejemplo de lealtad. Lo es en la amistad, donde honra el compromiso más estricto con quienes tienen el privilegio de conocerlo; lo es en su familia, donde ejerce como un padre ejemplar y un esposo cuya entrega constituye una referencia; y lo es también en su faceta empresarial, guiada siempre por un firme compromiso ético y por unos principios que nunca sacrifica en beneficio de la conveniencia.
Hay personas que pasan por la vida dejando apenas un recuerdo, y hay otras que ocupan un lugar permanente en el corazón de quienes las conocen. José Fausto pertenece, sin duda, a este segundo grupo. Incluso para quienes, como yo, hemos aprendido a desconfiar de la condición humana después de haber conocido a muchas personas —quizá demasiadas—, su cercanía humana representa una excepción luminosa. José Fausto te deja una huella imperecedera y te reconcilia con lo mejor de la especie humana. Su ejemplo demuestra que la nobleza, la generosidad y la altura moral de miras siguen existiendo.
Su contribución al mundo de la tauromaquia merece también un reconocimiento especial. Pocas personas han hecho tanto por el fomento y la defensa de la Fiesta Nacional como él, al convertir su emblemático restaurante «El Rey», en un auténtico templo-museo dedicado al toreo. Sus paredes y su ambiente respiran historia, pasión y respeto por una tradición profundamente arraigada en nuestra cultura. No es casualidad que un innumerable número de figuras, profesionales y aficionados vinculados al mundo taurino hayan encontrado allí un lugar de encuentro y de homenaje permanente.
Pero por encima de cualquier éxito profesional o reconocimiento público, permanece la dimensión humana de José Fausto. En una sociedad donde la amistad suele confundirse con el interés y la fidelidad con la oportunidad, él honra el concepto más noble y exigente de ser amigo. Tenerlo cerca es un auténtico lujo y una de esas experiencias humanas que merecen ser destacadas.
He conocido a muchas personas a lo largo de mi vida, probablemente demasiadas. Esa experiencia me ha enseñado a ser prudente en mis juicios y exigente en mis afectos. Precisamente por eso, puedo afirmar con plena convicción que José Fausto pertenece a esa reducida categoría de hombres cuya calidad humana engrandece a quienes tienen la fortuna de compartir su camino. Y esa es, quizá, la mejor definición de un gigante.







