Ignacio Andrade.- La advertencia constante sobre el avance de la llamada «ultraderecha» en Europa se ha convertido en uno de los ejes centrales del discurso de buena parte de la izquierda. Sin embargo, el recurso permanente al miedo y la descalificación ha terminado produciendo el efecto contrario: lejos de frenar su ascenso, ha contribuido a reforzar la percepción de que las preocupaciones reales de una parte del electorado son ignoradas o minimizadas. Las llamadas de alarma contra el ascenso la «ultraderecha» reflejan una desconexión absoluta con esa realidad. El ascenso de la «ultraderecha» no revela una súbita perversión moral de millones de votantes, sino la acumulación de malestares sociales, económicos y culturales que buena parte de la izquierda no sabe interpretar ni canalizar.
La izquierda nació para defender a trabajadores y clases populares. Hoy muchos de esos trabajadores consideran que quienes hablan en su nombre apenas entienden cómo viven.
Existe una razón por la que tantos ciudadanos rechazan los sermones políticos. Están cansados de que una élite profesional les explique cómo deben pensar, hablar, votar y vivir.
Buena parte de la clase dirigente progresista procede de estructuras partidistas, organismos públicos, fundaciones subvencionadas o entornos académicos alejados de la vida cotidiana de la mayoría. Son políticos que hablan constantemente de la gente, pero cada vez hablan menos con la gente.
Cuando los ciudadanos expresan preocupación por la inseguridad, la inmigración descontrolada, la pérdida de oportunidades o el deterioro de servicios públicos, la respuesta suele ser la misma: etiquetarlos, desacreditarlos o acusarlos de alimentar discursos extremistas.
La consecuencia es previsible: quien se siente ignorado acaba buscando a quien al menos le escuche.
La nueva casta que prometió acabar con la casta
Hace años, la palabra «casta» se convirtió en un arma política devastadora. Se denunciaban privilegios, carreras profesionales enteramente financiadas por el contribuyente y una política convertida en profesión permanente.
Hoy muchos de aquellos supuestos revolucionarios forman parte exactamente de aquello que prometían combatir.
Vehículos oficiales, asesores, cargos, organismos, redes de influencia y una burocracia política cada vez más alejada de la sociedad real.
La rebeldía se transformó en establishment, la protesta se convirtió en sistema y la indignación terminó acomodada en los despachos. Ante semejante balance, la izquierda ha encontrado una solución tan sencilla como eficaz: hablar constantemente de la «ultraderecha» como fuente de todos los males.
Si la economía falla, aparece la «ultraderecha»; si crece el malestar social, aparece la «ultraderecha»; si aumenta la criminalidad y se saturan los servicios públicos, aparece la «ultraderecha».
La «ultraderecha» se ha convertido en el comodín perfecto para evitar cualquier reflexión seria sobre los propios errores.
Sin embargo, los votantes no son fenómenos meteorológicos ni masas irracionales incapaces de tomar decisiones. Cuando millones de personas cambian de opción política, la explicación no puede reducirse eternamente a que todos se han vuelto extremistas de repente.
Quizá el problema sea que quienes llevan años señalando a los demás han dejado de mirarse al espejo.
El miedo ya no basta
La gran tragedia de la izquierda contemporánea es que parece haber olvidado cómo ilusionar. Su discurso ya no gira alrededor de proyectos ambiciosos, prosperidad compartida o mejoras tangibles para la mayoría. Gira alrededor del miedo al adversario, al cambio. al voto de protesta, a la deserción ideológica.
Pero las sociedades no se movilizan indefinidamente mediante el temor. Tarde o temprano exigen resultados. Exigen eficacia. Exigen soluciones.
La arrogancia de la izquierda le impide entender que cuando las soluciones no llegan, los ciudadanos buscan alternativas. La pregunta que la izquierda lleva años evitando no es por qué crece la «ultraderecha» sino una mucho más incómoda: ¿Por qué tantos antiguos votantes de izquierdas han decidido dejar de creer en ella?La inmigración masiva impulsada o tolerada durante años por los partidos tradicionales, junto con el profundo cambio demográfico que está transformando numerosos barrios y ciudades, ha llevado a muchos ciudadanos a buscar respuestas en fórmulas identitarias. Cuando amplios sectores de la población perciben que su cultura, sus costumbres y su forma de vida pierden peso en su propio entorno, crece la demanda de proyectos políticos que defiendan con mayor firmeza la identidad nacional y la cohesión social. En este contexto, el auge de los discursos identitarios no sería tanto una causa como una reacción frente a unas transformaciones demográficas que una parte de la sociedad considera demasiado rápidas y ajenas a sus preferencias.
Inmigración y criminalidad
Millones de votantes europeos creen que la inmigración provocará la ruina de los sistemas sociales y de los servicios públicos. La seguridad social, la escuela pública, el sistema de jubilaciones, el sistema de vivienda social, han empezado a implosionar bajo el peso de esta inmigración creciente e insaciable, al verse superados por el número por las dificultades sociales inherentes a las poblaciones inmigrantes, desbordadas por otra parte por los comportamientos incívicos y delictivos de estas poblaciones. Ya no hay dinero ni crédito para hacer frente a estos desbocados gastos que genera esta inmigración, convertida en una auténtica carga para España. Dentro de pocos años, únicamente los miembros de las clases altas podrán costearse la sanidad, escolarizar sus hijos en un contexto favorable y disponer de un nivel de vida decente al llegar a la jubilación. Los demás, en particular las clases más bajas, aplastados bajo la carga de impuestos cada día más pesados para sus maltrechas economías, serán apartados de los servicios públicos a los cuales tuvieron acceso un día.
También existe una percepción creciente (corroborada por los hechos) de que la inmigración alimentará una aumento continuo de la inseguridad y la delincuencia. Actualmente se cometen en España millones de delitos y la tendencia es a la alza acelerada. Una gran parte, tal vez la mayoría de esos delitos, son cometidos por inmigrantes y personas originarias de la inmigración (segunda, tercera generación…). Si la inmigración no es contenida y la mayoría de los inmigrantes no son devueltos a sus países, la delincuencia seguirá creciendo. En los próximos años, centenares de miles, millones de españoles, sufrirán en sus carnes esa delicuencia, como ya cientos de miles la han experimentado personalmente. Seremos víctimas de robos, agresiones, violaciones, navajazos, tiros… Entre esas víctimas habrá muchos electores de los partidos culpables de esta salvaje inmigración, los cómplices de esta agresiva invasión (y eso no será más que justicia). En los años venideros sólo las personas que dispongan de medios económicos elevados podrán protegerse de la delincuencia viviendo en barrios seguros.En este contexto, no resulta sorprendente que una parte creciente de la población europea dirija su apoyo hacia opciones situadas en la derecha identitaria o la «ultraderecha».
Desde esta perspectiva, la percepción de una inmigración elevada, los cambios demográficos acelerados, la presión sobre determinados servicios públicos, los casos de corrupción política y la sensación de que las ayudas públicas benefician prioritariamente a recién llegados antes que a los ciudadanos de larga residencia alimentan un sentimiento de abandono y desconfianza hacia los partidos tradicionales. Para muchos votantes, el respaldo a estas formaciones no responde necesariamente a una adhesión plena a todo su ideario, sino a la búsqueda de respuestas que consideran ausentes en el sistema político vigente.







