7 de julio de 2026 06:18


Editor: Armando Robles

Casarrubios del Monte: el primer parque temático del sanchismo

(Artículo de ficción satírica) España lleva décadas buscando fórmulas para atraer turismo de interior. Unos levantan castillos medievales, otros organizan fiestas gastronómicas y algunos presumen de patrimonio histórico. Casarrubios del Monte, en cambio, tiene una oportunidad mucho más moderna: convertirse en el primer parque temático dedicado al sanchismo. Si Disneyland tiene a Mickey y Port Aventura tiene montañas rusas, Casarrubios puede presumir de ofrecer algo mucho más emocionante: la flexibilidad ideológica en tiempo real.

El recorrido comienza, naturalmente, en el Ayuntamiento. Allí se encuentra la atracción estrella: «El Espejo de la Coherencia Cuántica». Los visitantes pueden contemplar cómo una misma persona es capaz de defender con idéntico entusiasmo dos posiciones aparentemente incompatibles dependiendo de si se encuentra en Casarrubios o en Madrid. Es física política de última generación: las ideas existen en superposición hasta que alguien enciende una cámara.

En la primera sala, el guía explica que aquí se habla con pasión de la tauromaquia, porque las tradiciones son sagradas. El visitante apenas tiene tiempo de asentir cuando atraviesa una puerta giratoria y aparece en la segunda sala, ambientada como un despacho parlamentario, donde las prioridades cambian con admirable rapidez y la palabra «tradición» entra en un discreto periodo de reflexión. El público aplaude. No todos los días puede contemplarse un cambio de registro tan limpio sin necesidad de efectos especiales.

La siguiente parada es la Capilla de Schrödinger. En Casarrubios, las procesiones, las fiestas patronales y las costumbres religiosas reciben discursos llenos de emoción. Al cruzar el pasillo que conduce simbólicamente al Congreso, el decorado cambia y el visitante descubre que las convicciones también pueden adaptarse a la geografía. El GPS nunca había tenido tanta influencia sobre la conciencia.

Los más pequeños disfrutarán especialmente del Túnel de la Disciplina de Partido, donde aprenderán una valiosa lección: las opiniones personales son como las maletas en un aeropuerto; se facturan antes de entrar y se recogen al volver al pueblo.

La ruta continúa por las calles donde, según el narrador del parque, las políticas nacionales encuentran su representación local en forma de aceras levantadas, edificios históricos desvencijados, multitud de personas llegadas de allende los mares y decenas de vecinos afiliados al presupuesto municipal. Nada mejor que convertir la imagen de la España multicultural sanchista en una experiencia inmersiva.

Otro clásico del recorrido es el Parque Isabel la Católica, rebautizado para la ocasión como «Zona de Realismo Político». Allí, los visitantes descubren a una nutrida colección de yonquis y vagos, en una muy conseguida recreación de la realidad social en la España moderna de Sánchez.
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No podía faltar la experiencia gastronómica. El restaurante municipal ofrece un menú degustación compuesto exclusivamente por cambios de criterio. De primero, una exaltación de la bandera. De segundo, un acuerdo en Madrid con los odiadores de esa misma bandera, con los bilduetarras como perejil de todas las salsas. Y de postre, una rueda de prensa donde se asegura que quien recuerde el primer plato ha sido víctima de un bulo.

La tienda de recuerdos tampoco decepciona. Se venden brújulas cuyos puntos cardinales cambian según la encuesta del CIS. Veletas con carné de partido y tazas termosensibles: cuando contienen café caliente muestran un lema; cuando se enfrían aparece exactamente el contrario.

Como colofón, cada tarde tiene lugar el gran espectáculo audiovisual: «Donde dije digo…», un impresionante montaje de luz y sonido en el que los actores interpretan el difícil arte de explicar que nunca defendieron aquello que el público acaba de escuchar cinco minutos antes. El efecto especial consiste en mantener la sonrisa durante toda la representación.

Los responsables de turismo deberían planteárselo seriamente. Quizá Casarrubios no pueda competir con Toledo, Segovia o Ávila en monumentos históricos, pero pocos lugares ofrecen una experiencia tan innovadora para el visitante curioso. Aquí la principal atracción no son los edificios, sino la elasticidad del discurso político.

Porque, al fin y al cabo, mientras otros parques temáticos viven de la fantasía, éste tendría la ventaja de inspirarse en la política. Y todos sabemos que, cuando la política se empeña, la ficción acaba pareciendo un género documental.

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