7 de julio de 2026 08:08


Editor: Armando Robles

Las gradas del milagro africano

Si no pueden permitirse vivir en su país, ¿cómo pueden permitirse llenar los estadios del Mundial?

Juan Pardo.- Basta con encender la televisión durante cualquier partido del Mundial para comprobar un fenómeno que desafía la lógica. Las cámaras barren las gradas y el color predominante no siempre corresponde al país anfitrión ni a las grandes potencias económicas. Miles de camisetas de Marruecos, Senegal, Costa de Marfil, Ghana o Nigeria convierten las tribunas en auténticos mosaicos africanos.

Es entonces cuando surge una pregunta incómoda: ¿Cómo es posible que algunos de esos mismos países aparezcan año tras año en los informes internacionales como emisores masivos de inmigración hacia Europa porque, supuestamente, no ofrecen oportunidades económicas a su población y, al mismo tiempo, movilicen decenas de miles de aficionados capaces de cruzar medio mundo para asistir al mayor espectáculo deportivo del planeta?

No hablamos de un viaje barato. Un Mundial exige billetes de avión, hoteles, entradas cuyo precio puede alcanzar cifras astronómicas, manutención y varios días —o semanas— de estancia. Una aventura que fácilmente supera los varios miles de euros por persona. Sin embargo, las gradas están llenas.

Naturalmente, existe una primera explicación razonable. Muchos aficionados no viajan desde Casablanca, Dakar o Abiyán. Lo hacen desde París, Bruselas, Marsella, Madrid, Ámsterdam o Montreal. Son ciudadanos de la diáspora, con doble nacionalidad o residentes en Europa y Norteamérica que conservan una fuerte vinculación sentimental con el país de origen de sus familias. Pero esa explicación no basta para disipar todas las dudas.

También hay miles de aficionados llegados directamente desde África y eso conduce a una reflexión más profunda. Quizá el relato que escuchamos sobre estos países sea demasiado simple, porque si una parte significativa de la población dispone de recursos para seguir a su selección por el mundo, quizá el problema no sea únicamente la pobreza extrema, sino una distribución profundamente desigual de la riqueza. En muchos Estados africanos conviven élites económicas muy acomodadas con enormes bolsas de pobreza. La imagen internacional suele centrarse exclusivamente en estas últimas.

Lo que resulta más difícil de aceptar es la contradicción permanente del discurso. Cuando se habla de inmigración, algunos de estos países aparecen descritos como territorios incapaces de ofrecer un futuro digno a millones de ciudadanos. Pero cuando llega el Mundial, parecen capaces de desplazar auténticos ejércitos de seguidores hasta el otro lado del Atlántico.

Aquí lo paradójico es que nos cuenten que un país como Marruecos es incapaz de sostener a su población, mientras las imágenes nos muestran a miles de sus ciudadanos recorriendo el mundo para animar a su selección, superando en número a los de cualquier nación europea. Tal vez no estemos solo ante una contradicción de la realidad oficial, sino ante la fraudulenta relación con la verdad del relato oficial impuesto.

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