7 de julio de 2026 01:01


Editor: Armando Robles

Centro de Salud en Valmojado, uno de los servicios públicos que deberían haber recaído en Casarrubios.

Casarrubios no puede seguir resignado

VR.- Existen agravios que se construyen lentamente, decisión tras decisión, renuncia tras renuncia, hasta que un pueblo acaba aceptando como normal lo que nunca debió consentir. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con Casarrubios.

Casarrubios ha contemplado cómo infraestructuras fundamentales terminaban instalándose en Valmojado, un municipio que ha visto reforzados sus servicios públicos. El centro de salud, el instituto de enseñanzas medias y otros recursos que, por población, situación geográfica o necesidades, deberían haber recaído en Casarrubios, acabaron tomando otro camino.

No culpamos a los responsables políticos de Valmojado. Al contrario. Han hecho lo que cualquier gobernante debe hacer: defender los intereses de su municipio. Sería absurdo reprocharles que lucharan por conseguir inversiones para sus vecinos.

La pregunta debe dirigirse hacia otro lado: ¿Por qué Casarrubios ha perdido sistemáticamente estas oportunidades? ¿Por qué las distintas administraciones han considerado una y otra vez que nuestro pueblo era prescindible? ¿Existe una explicación objetiva para este trato desigual o, por el contrario, hay intereses que nunca se han querido explicar a los vecinos?

Al respecto es inevitable formular otra cuestión aún más incómoda: ¿Existe interés en mantener a Casarrubios estancado? ¿Puede ese supuesto desinterés institucional guardar relación con estrategias o intereses urbanísticos que beneficien a otros municipios del entorno, especialmente a Valmojado?

No afirmamos que así sea. Pero cuando un pueblo acumula durante décadas decisiones que siempre le perjudican, preguntar deja de ser una extravagancia para convertirse en una obligación democrática.

Sin embargo, tampoco toda la responsabilidad puede atribuirse a las administraciones. Estos agravios permanentes no habrían sido posibles sin la pasividad de buena parte de la sociedad civil casarrubiera.

Durante cuarenta años de gobiernos municipales socialistas se ha instalado una cultura de resignación. Se ha convencido a demasiados vecinos de que las cosas son así, que no merece la pena protestar, que reclamar derechos es inútil y que cualquier oportunidad perdida forma parte del destino inevitable del municipio. Ese conformismo es, probablemente, el mayor triunfo del poder.

Un pueblo anestesiado deja de exigir, de comparar, de rebelarse y al final acaba agradeciendo las migajas mientras otros reciben inversiones, infraestructuras y oportunidades.

Casarrubios necesita despertar y recuperar el orgullo de defender sus intereses con firmeza, sin complejos y sin miedo a incomodar a quienes toman decisiones desde los despachos. Esa tarea corresponde, sobre todo, a la oposición y a la sociedad civil. La oposición no está para gestionar la resignación, sino para canalizar el descontento, fiscalizar al gobierno y liderar una rebeldía democrática que obligue a todas las administraciones a escuchar la voz de Casarrubios.

Por desgracia, tampoco aquí encontramos demasiados motivos para el optimismo. Descartamos a Vox como motor de ese cambio. Su actuación en el municipio ha estado marcada por una falta de iniciativa y de eficacia que, lejos de cuestionar el estado de las cosas, parece confirmar el diagnóstico de un grupo municipal inoperante e incapaz de despertar la conciencia crítica de los vecinos.

El problema mayor es que mientras Casarrubios permanezca dormido, otros decidirán por él y si los vecinos siguen aceptando como inevitables los agravios, seguirán produciéndose nuevos agravios.

Mientras nadie levante la voz con firmeza, el mensaje que recibirán las administraciones será muy sencillo: Casarrubios soporta cualquier cosa.

La historia demuestra que ningún pueblo recupera el respeto de las instituciones hasta que empieza a respetarse a sí mismo. Ese día, y solo ese día, comenzará el verdadero cambio.

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