7 de julio de 2026 08:10


Editor: Armando Robles

Videocomentario de Joaquín Abad

Gertrudis, la muñeca diabólica de Zapatero

Durante años, Gertrudis Alcázar fue una figura discreta. Casi invisible. La secretaria de José Luis Rodríguez Zapatero. La persona que estaba ahí, en segundo plano, mientras el expresidente viajaba, mediaba, llamaba, recibía, abría puertas y tejía relaciones con gobiernos extranjeros, especialmente con Venezuela y con otros países de Hispanoamérica.

Pero en política hay figuras que parecen menores hasta que se abre una investigación. Entonces uno descubre que quien llevaba la agenda quizá no solo llevaba la agenda. Que quien ordenaba papeles quizá conocía demasiado bien qué papeles había que ordenar. Que quien gestionaba llamadas quizá sabía perfectamente quién llamaba, para qué llamaba y qué se estaba moviendo detrás de cada contacto.

Gertrudis Alcázar conocía la agenda. los desplazamientos. los contactos. las comunicaciones. la documentación. Y, según lo que se ha ido conociendo, su nombre aparece vinculado a mensajes, gestiones, facturas y operaciones que afectan directamente al entorno de Zapatero. Por eso su silencio no es un detalle menor.

El caso Plus Ultra fue una primera señal de alarma. Y alrededor de aquel rescate empezó a aparecer un mundo de contactos, relaciones, favores y nombres que siempre parecían regresar al mismo punto: el entorno de Zapatero.

Luego aparece Bolivia. Aparecen gestiones ante autoridades extranjeras. Aparecen pagos. asesorías. facturas. Aparece ese lenguaje tan habitual en las zonas grises del poder: consultoría, mediación, acompañamiento, asesoramiento. Palabras limpias para actividades que, vistas de cerca, huelen mucho menos limpias.

Ese es el truco de las élites políticas cuando abandonan el cargo. Ya no cobran como políticos, pero cobran por haber sido políticos. Ya no mandan oficialmente, pero muchos siguen tratándolos como si mandaran. Ya no representan al Estado, pero utilizan el prestigio que les dio el Estado para abrir puertas que un ciudadano normal jamás podría abrir.

Y eso, aunque se disfrace de asesoría, tiene un nombre político: tráfico de influencia moral, cuando no algo peor.

Zapatero puede decir que todo fue legal. transparente. Puede presentarse como víctima de filtraciones. Puede quejarse de que se hayan conocido sus agendas, sus mensajes o sus comunicaciones. Pero esa defensa suena cada vez más pobre. Porque el problema no es su intimidad. es si un expresidente del Gobierno de España utilizó su agenda, su cargo pasado y sus relaciones con regímenes extranjeros para favorecer intereses privados.

Eso es lo que hay que investigar. Y eso es lo que Gertrudis Alcázar sabe mejor que nadie.

Porque en estos asuntos no siempre manda quien firma. A veces manda quien organiza. Quien llama. Quien confirma. Quien prepara el viaje. Quien envía el documento. Quien guarda el contrato. Quien conoce la ruta del dinero. Quien sabe qué reunión era institucional y cuál era privada. Quien distingue perfectamente entre una mediación política y una operación económica.
Y ahí la secretaria deja de ser una secundaria. Se convierte en una pieza central.

La ingenuidad ya no sirve. Aquí no estamos ante un expresidente jubilado que se dedica a dar conferencias inocentes. Estamos ante un antiguo jefe del Gobierno con relaciones intensas con Venezuela, con presencia en operaciones internacionales, con contactos empresariales y con una colaboradora de máxima confianza procesada por su papel en ese entramado.

La pregunta ya no es solo qué hizo Zapatero. La pregunta es cómo funcionaba su oficina privada. Quién daba las órdenes. Quién movía los papeles. Quién convertía una relación política en una gestión económica. Quién se beneficiaba. Quién cobraba. Y quién protegía todo aquello bajo una apariencia de normalidad institucional.

Durante años, Gertrudis Alcázar fue invisible. Ahora puede ser una de las claves para entender el verdadero zapaterismo posterior a La Moncloa: un zapaterismo de despachos, agendas, viajes, llamadas, mediaciones y facturas.

Zapatero quiso pasar a la historia como el hombre del diálogo, pero quizá la historia termine recordándolo de otra manera: como el expresidente que convirtió su influencia política en un negocio internacional.

En esa historia, Gertrudis Alcázar es la muñeca diabólica de Zapatero.

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