7 de julio de 2026 12:03


Editor: Armando Robles

Videocomentario de Joaquín Abad

Las cejas del Buenismo Eterno

Hay símbolos políticos que nacen en los congresos, otros en las grandes decisiones de Estado y algunos, los más refinados, en un centro de estética. La Historia, que suele ser caprichosa, ha querido que una parte del legado visual de José Luis Rodríguez Zapatero no esté en un discurso, ni en una ley, ni siquiera en una negociación internacional envuelta en misterio, sino en esas cejas monumentales, severas y solemnes, capaces de sostener por sí solas toda una doctrina: el buenismo eterno.

Porque no hablamos de unas cejas cualquiera. Hablamos de dos arcos institucionales. Dos columnas del talante. Dos líneas de pensamiento perfectamente pobladas que han acompañado al expresidente en su travesía política, diplomática, moral y estética. Hubo quien creyó que Zapatero gobernaba con sonrisas, frases suaves y optimismo antropológico. Error. Gobernaba con las cejas. Con ellas prometía concordia. Con ellas miraba al futuro. Con ellas arqueaba la perplejidad cuando alguien tenía la osadía de preguntarle por Venezuela, por sus amistades incómodas o por esas sombras que ahora se han descubierto.

Hoy descubrimos que aquellas cejas no se mantenían solas. También ellas tenían agenda. También ellas exigían cuidados. Cada quince días, el buenismo debía pasar por mantenimiento. Porque una cosa es predicar la paz universal, el diálogo infinito y la comprensión hacia todo régimen amigo, y otra muy distinta presentarse ante el mundo con el arco superciliar desordenado.

La escena merece ser pintada con solemnidad nacional. Zapatero, el hombre del talante, recostado en una camilla bajo una luz blanca, mientras unas manos expertas trabajan sobre el verdadero escudo heráldico del zapaterismo. No hay aquí una simple operación estética. Hay una liturgia. Una restauración del icono. Como quien limpia un retablo barroco, alguien debía conservar en perfecto estado esas cejas que durante años fueron presentadas como garantía de bondad, moderación y superioridad moral.

Porque esas cejas lo han visto todo. Han visto el nacimiento del talante, la sonrisa bobalicona, la alianza de civilizaciones, los aplausos de artistas subvencionados que un día levantaron el dedo como si estuvieran fundando una religión laica.

Y quizá por eso había que cuidarlas. Porque si las cejas caen, cae el personaje. Si se desordenan, se desordena el relato. Si pierden forma, empieza a perder forma esa imagen de hombre pacífico, dialogante, incomprendido por la derecha y bendecido por los salones culturales donde siempre hay alguien dispuesto a confundir una sonrisa con una doctrina de Estado.

No es extraño que Zapatero se haya mostrado molesto cuando se habla de sus cejas. Lo dijo incluso en el Senado, con ese aire de ofendidito de quien sabe que ha convertido un rasgo físico en marca electoral. Ganó elecciones con ellas, vino a decir. Otros necesitaron programas, equipos, gestión, resultados. Él necesitó cejas, talante y una tropa cultural bien remunerada dispuesta a convertirlo en icono amable de una España que quería creer que la política podía ser una sesión de autoayuda con escaños.

La ironía es que aquellas cejas, tan bien cuidadas, han sobrevivido mejor que muchas de sus promesas. Ahí siguen, enteras, mientras algunas de sus decisiones dejaron cicatrices profundas en la vida pública española, como el guerra civilismo reinventado a conciencia. Ahí siguen, definidas, mientras el país intenta descifrar qué papel jugó realmente el expresidente en tantos escenarios donde siempre aparece como mediador, consejero, facilitador o amigo de quien convenga si paga la factura. Ahí siguen, impecables, mientras otros tratan de explicar agendas, contactos, mensajes, gestiones y silencios.

Y ahí entra el buenismo eterno, esa ideología sentimental que no necesita resultados porque se alimenta de intenciones. Si algo sale mal, la culpa es de la crispación. Si una alianza se vuelve incómoda, la culpa es de los prejuicios. Si un régimen amigo encarcela, reprime o empobrece, siempre habrá una explicación geopolítica, un matiz, un contexto, una excusa. Y, por supuesto, unas cejas.

Y mientras España cuenta las dictaduras que le hicieron millonario, Zapatero parece seguir confiando en el milagro de que su abogado consiga anular las pruebas que le señalan como un comisionista de libro, dejando señalada a su secretaria y a sus propias hijas. Las cejas de Zapatero no son símbolo de bondad. Son la imagen del monstruo que se escondía bajo la apariencia de un bobo solemne, como Rajoy lo definió en su día.

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