11 de julio de 2026 13:44


Editor: Armando Robles

David Galán, exultante, tras indultar a un toro en Tarifa.
David Galán, exultante, tras indultar a un toro en Tarifa.

Málaga aguarda al torero David Galán bajo la mirada eterna de su padre

TJ.- David Galán vuelve a Málaga. Vuelve el torero y vuelve la ilusión. Y con David Galán vuelve también la emoción de una estirpe que sigue viva cada vez que se abre una puerta de cuadrillas y un hombre se dispone a escribir, frente al toro, una nueva página de su propia historia.

El diestro regresa a la Feria de su tierra, con la verdad de quien ha hecho del toreo una forma de vida y con el orgullo de continuar un legado que, desde el cielo, sigue velando cada uno de sus pasos

Hay apellidos que no se llevan, también se defienden y hay vocaciones que no se eligen porque vienen escritas en la sangre. También hay ausencias que, lejos de apagarse con el tiempo, terminan convirtiéndose en la presencia más fiel. David Galán vuelve a la Feria de Málaga y, con él, regresa una historia de torería, sacrificio, memoria y lealtad a los suyos.

No es un regreso cualquiera. Nunca lo es cuando un torero vuelve a hacer el paseíllo después de haber conocido la dureza de una profesión que concede poco y exige todo. David Galán retorna con el poso de los años, con la experiencia de quien ha aprendido a esperar sin renunciar y con esa silenciosa dignidad de los hombres que prefieren responder con hechos antes que con palabras.

El toreo sabe de esperas, de tardes que no llegan., de puertas que se cierran, de sueños que parecen alejarse y, sin embargo, permanecen ardiendo por dentro. David Galán conoce bien ese camino porque lo ha recorrido con profesionalidad, con respeto y con la firmeza de quien sabe que ser torero es mucho más que vestirse de luces. Sobre todo y por encima de todo, ser torero es una manera de estar en el mundo. En ese camino hay una figura que permanece por encima del tiempo: la de su padre.

Desde el cielo, donde habitan quienes nunca terminan de marcharse, estará contemplando orgulloso cómo su hijo continúa los pasos de una historia familiar que el tiempo no ha podido borrar. Estará no solo en el silencio del patio de cuadrillas, sino en el ajuste de la montera, en la mirada antes de pisar la arena y en ese instante solemne en el que un hombre queda a solas con su destino. Los padres son siempre la razón de que hayamos existido y por eso la memoria del maestro Galán no desaparecerá nunca mientras un hijo siga recordando sus enseñanzas. Y David Galán las lleva consigo.

Las lleva sobre todo en su concepto del oficio, en el respeto a la profesión, en la disciplina diaria y en esa obstinación noble por seguir adelante cuando tantos habrían desistido. Su padre podrá sentirse orgulloso. Muy orgulloso, porque el hijo no solo ha seguido sus pasos: ha sabido honrarlos.

Málaga será ahora testigo de ese reencuentro. La Malagueta, con su liturgia de sol, arena y clarines, aguardará la presencia de un torero que vuelve con algo que no se compra ni se improvisa: la verdad de una vocación sostenida contra el tiempo y la de un hombre que sabe que, cuando se abre la puerta de cuadrillas, no solo sale un torero: salen con él sus recuerdos, sus sacrificios, sus heridas, sus esperanzas y todos aquellos que alguna vez le enseñaron el camino.

David Galán volverá a Málaga con el corazón lleno de memoria. Quizá, cuando suenen los clarines y la tarde comience a escribir su sentencia, levante por un instante la mirada y allí arriba estará el genial Antonio José, el primero en saber cuánto ha costado llegar hasta aquí.

David Galán no es solo un artista superlativo, es un hombre bueno que honra su precioso legado como solo saben hacer las personas con grandeza moral: el de un hijo a un padre, el de un torero a su sangre.

David Galán vuelve a Málaga. Vuelve por él, por su profesión, por su nombre y por esa memoria que jamás se apaga. Cuando pise nuevamente la arena de La Malagueta, su padre, desde el cielo, podrá mirar hacia abajo con el más legítimo de los orgullos: el de saber que su hijo sigue ahí, de pie, vestido de luces y fiel al camino que un día aprendió a su lado.

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