Volvió. José Mourinho ya es el entrenador del Real Madrid y ya se pone a trabajar. Es un entrenador que dejó mucha nostalgia en algunos sectores del madridismo, que entonces eran jóvenes y ahora no lo son tanto. Vuelve con el reto de volver competitivo al equipo blanco y con la urgencia de ganar títulos. Es la gran esperanza.
Trece años después
Trece años han pasado desde que Mourinho abandonó el banquillo del Bernabéu, y la entidad blanca ha hecho oficial su regreso con un contrato de tres temporadas. Entre 2010 y 2013, el técnico portugués dejó una Liga, una Copa del Rey y tres semifinales europeas consecutivas Ahora Florentino Pérez ha cumplido lo que los rumores insinuaban desde hace años, y Mourinho desembarca en Madrid con el encargo de sacudir un equipo tras dos años sin grandes títulos.
Con 63 años, el Mourinho que aterriza en Valdebebas tiene más kilómetros y bastante más calma en los gestos, aunque su esencia sigue intacta. Llega desde el Benfica, donde firmó una temporada notable en Champions, y trae bajo el brazo las mismas exigencias de siempre para su plantilla: sacrificio, respeto a sus normas y valentía cuando el partido se pone feo.
Un paisaje distinto
El paisaje competitivo también ha cambiado desde su primera etapa. Ya no tiene enfrente a Pep Guardiola como rival directo en España, pero sí a Hansi Flick al frente del Barcelona, y sí a Lamine Yamal como el jugador más desequilibrante de la Laliga. El reto deportivo es enorme, y Mourinho lo asume con los ojos abiertos. Quiere refuerzos, ha pedido incorporaciones para construir un equipo a su medida, y la dirección deportiva tendrá que responder a esa demanda si quiere que el proyecto arranque con garantías reales.
La llegada de Mourinho se anunció horas después de que el club confirmara la salida de Álvaro Arbeloa del banquillo, cerrando así un ciclo y abriendo otro en cuestión de comunicados. Y el nuevo técnico ya ha dejado claro que quiere refuerzos para construir un equipo a su medida. Ibrahima Konaté y Denzel Dumfries ya tienen el traspaso encarrilado, pero el gran movimiento del mercado lo protagonizó Florentino cuando puso 150 millones de euros encima de la mesa del Atlético de Madrid para intentar llevarse a Julián Álvarez.
El Atlético cogió el cheque, lo agradeció y lo devolvió. La respuesta del Metropolitano fue directa: la cláusula de rescisión del delantero argentino está fijada en 500 millones y ahí es donde hay que ir si se quiere hablar en serio. La diferencia entre lo ofrecido y lo exigido es tan abismal que la operación parece ahora mismo un imposible, y más teniendo en cuenta que Álvarez es una pieza sobre la que Simeone ha construido buena parte de su plan. El Atlético vive además su primer verano con nueva propiedad, lo que añade una capa más de incertidumbre sobre hasta dónde están dispuestos a aguantar la presión o hasta dónde están dispuestos a ceder.
Con Julián o sin él, Mourinho tiene por delante lo que no lograron en los últimos tiempos ni Carlo Ancelotti en su segunda etapa, ni Xabi Alonso, ni el propio Arbeloa: devolver al Real Madrid a lo más alto de Europa y de España de forma sostenida, con una identidad reconocible y resultados que hablen por sí solos. El madridismo le espera con los brazos abiertos y con la memoria bien cargada. Ahora empieza todo.







